La moneda cae de canto en el Pizjuán

Iago pide perdón por su pasado 'sevillista' tras marcar el segundo gol. Foto: LaLiga

Celta y Sevilla empatan a dos en un partido cargado de intensidad y de alternativas, que pudieron ganar los del Cacho tras adelantarse con goles de Cervi y de Iago, y que pudieron perder salvados por el poste hacia el final

Es horario clasista, alejado de la tradicional liturgia pagana de Tebas. En frente, no obstante, está el Sevilla, el último soldado de una resistencia estéril por mantener viva LaLiga. Es el Pizjuán, es sábado y es invierno, pero hace buen tiempo y la hinchada llena el campo, lejos de esas gradas pandémicas de casi ayer. Ingredientes oportunos que mezclan bien y sirven un empate a 2 cargado de momentos, que pudo ser cara, que pareció que iba a ser cruz, y que terminó ofreciendo un canto.   

Porque en este escenario, el Celta -que viene avisando el último mes y medio, pese a algún resbalón estúpido en Copa, o merecido en el Reale Arena-, vuelve a ser el Celta del Chacho, aquel equipo que no hace tanto dejaba atrás la eterna apatía de García Junyent para reenganchar a los escépticos. Y, sin embargo, todo se había ido al garete en un inicio de Liga que siguió a un típico verano celeste, complicado a última hora por una de tantas salidas de pata presidencial.

¿Todo? No, tal vez no. Porque el Celta se muestra serio en el Pizjuán, tratando de tú a tú al único aspirante vivo en pie. Sale intenso, presionando arriba, recordando todo aquello que ya fue, aplacando con el mismo empuje el empuje sevillista. Y el partido se convierte en un bello juego de preliminares, que las más de las veces son mejores que todo lo demás. Nadie golpea y eso que la tiene el Celta en el primer minuto en una internada de Iago, que se planta en el área pequeña y mide mal el pase de la muerte.

De ahí hasta el 30 apenas suceden cosas, si entendemos por cosas ocasiones. Pero el juego avanza repleto de intensidad, de presión, de robos, de pérdidas, de ataques y de contrataques. Un período en el que el Tecatito se muestra a España y a Hugo Mallo, llegando a romper un par de veces al capitán celeste, y que culmina con la ocasión más clara del Sevilla. Un triple envite de Ocampos -que despeja mal Dituro-, de Acuña en el rechace -que salva Araujo bajo palos- y del propio Tecatito, que la revienta arriba para alivio del Celta y de su hinchada.

Dos minutos después, en el 37, otra presión alta del Celta provoca la pérdida de Acuña y lanza la contra conducida por Iago, que descarga hacia Mina, que la revienta salvando Dmitrovic. El rechace le cae a Cervi que, a diferencia de Acuña y Tecatito, la pone dentro reventando el 0 a 1.

Y tres minutos después, en otra pérdida tras presión adelantada, llega el balón a Iago en la media luna, y todo el mundo sabe, en el fondo, que va a suceder lo que termina sucediendo. El diez se para y congela el tiempo y la instantánea, haciendo parecer lento lo que se piensa rápido. Observa el escenario, otea la portería y la pone suave al palo largo. Cero a dos y palma elevada al cielo, símbolo del perdón que solicita a una hinchada que lo acogió de regreso desde Liverpool, cuando la morriña comenzaba a llamar de vuelta al mejor jugador de nuestra historia.

Alcanza así el Celta el túnel de vestuarios, orgulloso de volver a ser quien fue hace no tanto, y predispuesto a sufrir y batallar en el retorno, que vuelve con un triple cambio sevillista. Entran el Papu Gómez, Iván Romero y Óliver Torres por Rakitic, Fernando y Rafa Mir. Más madera para intentar hundir a cañonazos la nave celeste.

Controla, pese a todo el Celta, teniendo un par de contras para matar. Una en el inicio, con Iago amagando un par de veces ante Diego Carlos y finalizando con un remate flojo a las manos de Dmitrovic. Y la segunda en una magnífica combinación entre Brais, Iago y Denis, que deja a Santi en una carrera abierta hacia la portería sevillista, cortada de modo inopinado, por el suspiro de una punta de una bota, por Diego Carlos.

Cambios demasiado pronto

Mueve el banco el Chacho, entra Murillo por Aidoo -tal vez tocado o lesionado-, entra Tapia por Denis, entra Nolito por Cervi, y el Celta se va atrás, queriendo o sin querer. Demasiado pronto, demasiado orgullo sevillista todavía por delante. Lo demuestra el Papu, que hace un amago que Iago no se traga, y tira otro que Iago sí se traga, para soltar un zurdazo a la escuadra que comienza a hundir al Celta.

Una nave que siente la presión del Sánchez Pizjuán, y que tres minutos después, como en el primer tiempo pero a la inversa, encaja el empate en otra acción del Papu, esta vez en banda izquierda, que suelta un centro mal despejado por la zaga. La pelota le cae a Óliver Torres, que de puntera la empuja al fondo de la red.

Acusa el golpe el Celta, con todo un mundo por delante. Veinte minutos más descuento. Busca oxígeno Coudet, que introduce a Solari por Brais y a Galhardo por Mina. Y caza una contra Iago, asfixiado finalmente por la exuberancia física de Diego Carlos.

Empuja y empuja el Sevilla, que la tiene en el 81 en un cabezazo de Óliver que acaba en la cepa del palo. Y no ceja, y sigue y continúa, y el Celta que mira la hora, que firma las tablas, que quiere que se acabe lo que antes era casi un placer, un reencuentro con la esencia. Que achica el agua con angustia, como galeotes condenados a morir, incapaz de quedarse la pelota unos segundos.

Y sin embargo no muere, sobrevive. Triste, pero airoso. Ilusionado, tal vez, con lo que queda, que es mucho aunque parezca poco, y que se escribe, por ahora, con un punto sufrido en la casa del Sevilla. Se pudo ganar, sí. Pero también se pudo caer por hundimiento. Próxima estación: Balaídos contra el Rayo, el 5 de febrero. Antes, el parón de selecciones.