La importancia de mirar a los ojos

Foto: Círculo de empresarios

“Porque por los ojos, ese reducto que muestra nuestro yo más secreto, también se puede ser maleducado. Tremendamente maleducado sin decir nada”

Los ojos son el punto de acceso más directo al interior de nuestra vida; una ruta sincera al alma, hacia ese pedacito de existencia que nos dice a cada instante lo que somos, lo que hacemos bien y mal, lo que dejamos atrás y lo que no queremos perder nunca. Nuestra conciencia abierta al mundo.

Hay miradas turbulentas, que ocultan una maldad allí latente; del mismo modo que hay pupilas de brillo turbio con cuyo encuentro sentimos el alma emponzoñarse, bañada por una ola de miedo y de misterio.

También hay vistas que reflejan alegría, que son como una espejo limpio y nítido que nos devuelve una imagen arrebatadoramente perfecta, anhelo de lo que aspiramos a ser siempre: muy felices. Y hay ojos miopes o hipermétropes, de mirada corta o larga, borrosa o agrandada. Porque, a fin de cuentas, hay muchas formas de mirar, de ver, de comprender y de vivir, tantas como hombres y mujeres recorren el planeta.

Cada uno mira a su manera. O, simplemente, no mira, embutido, embrutecido, por todo el ruido que rodea y que empobrece, por las miles de pantallas capaces de anestesiar la inteligencia, por el alboroto pasajero que nos aísla sin saberlo.

Aunque ese no mirar también puede ser voluntario y racional, una forma de desprecio mayúsculo, exagerado, desproporcional, que delata en esa vista perdida, casi seca por el odio, una forma preocupante de existir.

Es el caso de la estampa que acompaña, con un alcalde de mirada perdida y ofuscada en un horizonte inexistente; una presidenta de ojos bajos, embarrados en la mesa, ceño fruncido y labio partido hacia la izquierda de modo voluntario; un delegado de no mirada; y otro delegado de vista acompasada, medio irónica, reforzado por los brazos cruzados del que espera que todo concluya cuanto antes.

Al fondo, en el atril, habla un presidente autonómico, que mira al frente. Y el contraste se incrementa en la comparación que ofrece la otra mesa, donde dos miradas se fijan con atención en el ponente y una tercera se distrae, disculpada por la cámara que enfoca. Una mesa coherente y educada.

Porque por los ojos, ese reducto que muestra nuestro yo más secreto, también se puede ser maleducado. Tremendamente maleducado sin decir nada. Después, al abrir la boca, los exabruptos confirman que esa mirada de ave de corral reflejaba vivamente un alma triste y tendenciosa.