«Se puede ser abortista y no faltar a la verdad. Y lo cierto es que el aborto no es un derecho constitucional. Sí que lo es, sin embargo, la libertad de expresión, pisoteada hoy por el Gobierno de Vigo con el beneplácito cómplice de parte de la oposición municipal»
Compruebo, sorprendido, cómo la teoría de la espiral del silencio, formulada por Elisabeth Noelle-Neumann hace casi medio siglo, sigue plenamente vigente en nuestros días. Sostenía la politóloga alemana, más o menos, que la opinión pública logra que los individuos adapten su comportamiento a las actitudes predominantes, tomando como base lo supuestamente aceptable y lo que no.
Para llegar a esta conclusión, Noelle-Nuemann parte de su trabajo en el Institut für Demoskopie Allensbach, del que era cofundadora. En él se realizaban distintas encuestas electorales cuyos resultados diferían de modo sustancial a veces pese a emplear siempre los mismos métodos. ¿El motivo? Ante preguntas que afectaban a temas polémicos, la respuesta, pese a ser anónima, cambiaba. Es decir, ese entrevistado anónimo percibía el garrote de la opinión pública, más allá, incluso, de dicho anonimato.
Un estrangulamiento democrático que ha pasado hoy en nuestro Vigo. Y lo ha hecho a raíz de una supuesta campaña ‘antiabortista’. De eso la tildan, al menos, todos aquellos -desde al alcalde al BNG pasando por Marea de Vigo- que se han mostrado en contra de la misma. Su pecado, decir que “rezar frente a una clínica abortista está genial”. Basta eso para ser un anti. Tal vez rezar suponga ser un anti; o buscar una frase recurrente nos conduzca al mismo sitio.
Pero da igual. Porque aquí no estamos hablando de rezar, ni de estar a favor del aborto, en contra de él o ser partidario de la vida o de la muerte. No. Aquí estamos hablando de la libertad de expresión, convertida en nuestro siglo en una gran falacia cuando esa expresión libre roza algún tema tabú. Y el aborto, por lo que se ve, lo es.
Solo vale una opinión, hasta el punto de que el Concello anuncia la retirada de los carteles ante el aplauso unánime de muchos; de todos aquellos palmeros ruidosos que conforman una nueva espiral del silencio. Y lo hace, fascinante, aludiendo a una “propaganda sexista contraria a los derechos constitucionales”.
Mentira. Se puede ser abortista y no faltar a la verdad. Y lo cierto es que el aborto no es un derecho constitucional. Sí que lo es, sin embargo, la libertad de expresión, pisoteada hoy por el Gobierno de Vigo con el beneplácito cómplice de parte de la oposición municipal.
Convendría recordarle a nuestros gobernantes que el artículo 20 de la Carta Magna reconoce, en su punto primero, el derecho “a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción”. Lo contrario es la censura. Y la censura, ya saben, poco tiene que ver con la democracia.
¿Es ofensivo emplear el término rezar? ¿Merece ser censurado un cartel que simplemente propone hacerlo ante una clínica abortista? ¿Se insulta a alguien si se alude a una estadística oficial y se recuerda que en España se producen 100.000 abortos al año? ¿No tiene un ciudadano el derecho a expresar estos datos libremente?
No en nuestra democracia. No bajo la censura cómplice de algunos. Esos mismos que ladran cuando conviene para garantizar el mutismo de los otros. Una espiral silenciosa y perfecta. Ya nos los explicó Noelle-Nuemann.

