La Ciudad de la Justicia: Una obra para contarle a nuestros nietos

La futura Ciudad de la Justicia, impulsada por la Xunta, avanza en pleno centro de Vigo levantándose sobre los pilares del antiguo Hospital Xeral. Un increíble conjunto arquitectónico que esconde, en su cúspide, el mejor mirador imaginado

A vista de pájaro, la armónica masa de ‘blanco roto’ se extiende en forma de H, con cuatro volúmenes que flanquean la gran torre central, de casi 80 metros de altura. Un conjunto que encima el corazón de la ciudad, silueteando sobre el cielo, ahora azul, ahora gris más feo, una gran masa arquitectónica que se redobla y retuerce en busca de su forma original.

Aquella concebida durante la primera mitad del siglo pasado por el arquitecto Martín José Marcide. El Xeral, el mítico ‘Pirulí’, que inauguró alguien en su día -para que vamos a perder el tiempo en citar nombres ya enterrados-, y que se tiñó de verde, no se sabe muy bien en qué momento, mientras que veía nacer a decenas de miles de vigueses.

Eso fue antes del Cunqueiro, y, por supuesto, antes también de la futura Ciudad de la Justicia, que poco a poco muda sobre aquel edificio original. Por fuera, donde el proyecto de Alfonso Penelas reviste la fachada de un “sate autolimpiable”, expone Pablo Espadas, responsable de la obra. Un material de gran rendimiento térmico, que, como su nombre indica, se limpia con la propia lluvia. Blanco a ratos, gris tenue cuando el sol se cuela entre las nubes, no es ni una cosa ni la otra. Es el ‘9002’ en la paleta de colores. Cosas de arquitectos.

Pero también por dentro, donde se han reforzado a mano, uno a uno, 325 pilares de la estructura original. “Cada uno de ellos supuso cinco días de trabajo de tres hombres”, expone Espadas.

El gran túnel central

Algo más de tiempo llevó, incluso, el gran túnel central abierto en las dos plantas subterráneas, ganadas sobre la superficie del antiguo hospital. Una pasarela que comunica el aparcamiento con el corazón del edificio, y que permitirá a los futuros trabajadores acceder desde ahí a cualquiera de las plantas del complejo.  

La galería, ahora abarcable a simple a vista, ha sido excavada partiendo al medio un muro de hormigón fabricado para contener toda la estructura del inmueble. Milímetro a milímetro. “De lunes a sábado, de seis de la mañana a once de la noche, durante cinco meses”, recuerda Espada.

El parking comunica también con la guardería, que va cobrando vida en uno de los laterales de la plaza. Una escuela infantil teñida, por ahora, del negro de la tela impermeabilizante, y que ya está preparada para recibir la montaña de tierra y césped que debe integrarla en el conjunto arquitectónico.

16 ascensores y más de 1.000 ventanas

Desde allí se observa cómo crecen los cuatro volúmenes que configuran la mencionada H. Y entre ellos, recta y rápida, se levanta decidida la torre. En total, 46.000 metros cuadrados entre los que el vidrio comienza a ganar espacio mientras se colocan aquí y allá las más de 1.000 ventanas previstas para dar calidez al exterior e iluminar el interior.

Ese interior que recorrerán continuamente, en un monótono y silencioso ir y venir, hasta 16 ascensores -ocho de ellos en la torre-, comunicando despachos, juzgados, zonas públicas y 38 salas de vistas judiciales.

Y arriba, muy arriba, por encima de la planta 17, el aljibe, coronado por una terraza transitable a la que se accede por un lucernario abatible tras un último tramo de escaleras.

Si uno decide llegar hasta allí a pie, tendrá que superar más de 400 peldaños. Pero, sin duda, el esfuerzo habrá merecido la pena. El lugar, ahora flanqueado por una enorme grúa de color verde, con un brazo de 75 metros de largo y capaz de cargar hasta 12 toneladas, se eleva sobre Vigo y la comarca, transformando en un pedacito de tierra casi todo.

A lo lejos, un diminuto Rande une los dos extremos de la Ría; más cerca, el Puerto con su conjunto de grúas apiladas; a los pies, los Caballos de la Plaza de España, que por una vez no buscan el cielo sino el suelo; la colina de Castrelos; el Castro; la Avenida de Madrid dejando la urbe por un lado, mientras la AP-9 hace lo mismo por el otro. Vigo desparramándose en un conjunto caótico que, desde allí, y solo allí, cobra sentido. El corazón de la Ciudad de la Justicia. Una obra para contarle a nuestros nietos.