Tenemos el todo al alcance, pero nos ahogamos en las profundidades de nuestras miserias, creadas por nosotros mismos de la misma nada. No satisfechos con enredarnos la vida, nos dedicamos a retroalimentar constantemente ese pozo de oscuridad. De tal manera, acabamos por asfixiarnos en el laberinto ficticio de las limitaciones humanas. Tenemos la vida en la mano, y somos capaces incluso de alcanzar la felicidad, pero nos extraviamos porque nos convertimos en los abanderados de la incapacidad y la torpeza.
En medio de los inimaginables vericuetos de la existencia, las cosas son más sencillas: la complejidad del mundo puede solventarse con un poco de sentido común. Sola falta pararse, y pensar cómo queremos vivir. Pero nos esforzamos en que nuestras decisiones diarias sean lo contrario. Y, por ende, nuestro andar se convierte en una colección bochornosa de incoherencias vitales.
Así, sabemos qué significa bluetooth, pero no el sentido de estar atento a lo que nos suplican los demás. Nos casamos digitalmente con apps, aunque renunciamos a los compromisos vitales ante las primeras dificultades. Sabemos la historia de Android o Huawei, pero nos quedamos sin noticias de los grandes personajes de ficción de la literatura que nos enseñan a vivir.
De esta manera, la vida, ese andar hacia un fin de sentido, pasa a ser una asfixia vital. Como me pasa a mí tantas veces, cuando mi mundo se desmorona y mi cabeza empieza su diatriba de pensamientos limitantes que agarrotan el día a día, chavales como Oscar se convierten en ídolos que rompen barreras, faros que iluminan con su tenue luz la belleza del ser humano que lucha por superarse a pesar de las piedras del camino.

