Infamia y salvación

Murillo celebra la permanencia con Mina y Brais al fondo. Foto: LaLiga

El Celta certifica la permanencia con un empate a cero contra el colista y gracias a que el Leganés no logra imponerse al Real Madrid

Los de Vigo despiden la temporada con otro partido pobre y cargado de sufrimiento ante un Espanyol ya descendido

Cuando Cordero Vega levantó los brazos al cielo y señaló el túnel de vestuarios, hacía ya muchos minutos que nadie en Cornellá ni en Vigo atendía al devenir de los acontecimientos de ese duelo. Todas las miradas estaban puestas en Butarque. A tal intrascendencia ha llegado el Celta en este final de curso improcedente, inexplicable, casi podría decirse que vergonzoso. Una infamia que, pese a todo, le ha dado para alcanzar la salvación. A veces, en la vida, por raro que parezca, siempre puede haber tres que son peor que tú, aunque tú hayas puesto todo de tu parte para ser peor que ellos.

Es el caso de este Celta y de este Leganés. Unos, se supone, cargados de talento. Otros, se certifica, cargados de coraje. Por eso, en el minuto 95 los suplentes de Óscar García devoraban el móvil en la grada, sudorosos, observando, impotentes, lo que estaba haciendo el Leganés: en ese momento, una contra de 6 frente a 3 que condujo Óscar hasta plantarse en el corazón del área madridista y armar la pierna con vehemencia. Un instante eterno que paralizó los corazones de una hinchada y agitó las esperanzas de la otra. La primera se vio llorando; la otra se supo afortunada. El balón acabó en el limbo, volando hacia ninguna parte, como antes lo había hecho un penalti por mano de Jovic revisado por el VAR. No señalado, qué más da, si ya nadie sabe cómo funciona este invento.

En Cornellá, por supuesto, las cosas estaban como antes: 0 a 0, dos bostezos y la intrascendencia vagando por el campo. Uno debía hacer un esfuerzo sobrehumano para distinguir qué equipo estaba descendido y a cuál le iba la vida en el envite. Porque ese, el que se jugaba el alma en la batalla, no tiró entre los tres palos hasta bien entrado el segundo tiempo. Lo hizo a través de Iago, arrasado por la angustia tras el pitido final, anhelando, deseando, una voz amiga que le dijese, ‘tranquilo, el Madrid ha hecho los deberes’.

Quien no los hizo, desde luego, fue este Celta, que a ratos parecía ni intentarlo. Llegados a ese punto, con el Leganés empatando a dos y todo pendiendo del fino hilo de un acierto, a los celestes les daba lo mismo perder que empatar. Una derrota, si los del ‘Vasco’ Aguirre no vencían, dejaba todo igual, por lo que el gol era la única vía que aseguraba la permanencia. Pero ni así.

El equipo ha llegado muerto a este final de temporada, sin alma, incapaz de llevarse los balones divididos, perdido hace semanas en la angustia del miedo, intrascendente en ataque, demasiado débil en defensa, con los porteros lesionados, asido al juego macabro del destino, que a veces te da y a vece te quita. Hoy, ha vuelto a dar, incluso de rebote en otro esperpento del VAR, al que acudió Cordero Vega para ratificar, al filo del descanso, lo que él debía de saber: que el balón le había golpeado en la pierna antes de que el Espanyol se adelantase. Con el reglamento en la mano, se para el juego y se decreta bote neutral. Tuvo que ver las imágenes para ayudar a su memoria.

Nada cambió a la vuelta del descanso, salvo los cambios, que en nada cambiaron al equipo. Porque entre tanto cambiar y no cambiar el Celta se ha ido diluyendo. Probablemente desde el primer cambio erróneo hace tres años: el del ‘Toto’. Muchos equipos se pasan la vida buscando un entrenador que los comprenda. Algunos lo encuentran. Pocos lo dejan ir tras el hallazgo. El Celta sí, y desde entonces acaricia permanencias ignominiosas, cada vez menos meritorias, cada vez más cerca del infierno. Porque a fin de cuentas, cuando Óscar, en Butarque, mandó ese balón al limbo en el 95, nadie en Vigo hubiese considerado injusto lo contrario. Ese es el resumen de una temporada eterna. De agosto a julio, 11 meses, una pandemia y una salvación inmerecida.