El Celta empata a dos en el Bernabeu tras un pase colosal de Denis que Mina materializa en el 2-2 en el minuto 85

Los de Óscar García se adelantaron en el marcador, padecieron la remontada blanca, se mantuvieron a flote, y arañan finalmente un punto que les saca del descenso

Hay momentos y momentos. Algunos son tan breves y fugaces que se escapan entre un leve parpadeo de los ojos, que duran menos que un suspiro adolescente en primavera. Otros, sin embargo, son eternos. Tienen la vocación de parar el tiempo, de hacerlo transcurrir mucho más lento. Instantes precisos que se viven con una increíble lucidez.

Uno de ellos surgió en el Bernabeu al filo de las once menos cuarto. Rafinha soltó el cuero para Denis, pidiendo en su desmarque la devolución inmediata. No lo hizo el salcedano que, mientras que muchos injuriábamos tal osadía en una campaña medio aciaga, giró sobre mismo, levantó la cabeza y, entonces, paró el tiempo: un pase perfecto, filtrado al hueco entre decenas de piernas madridistas, que plantó a Mina delante de Courtois. El delantero fusiló. Gol, punto y silencio sepulcral en casa blanca.

Antes, casi un mundo de eternidad antes, había comenzado el choque con otra jugada majestuosa, con otro pase a la espalda de la zaga blanca. En esta ocasión fue Iago Aspas -quién si no- el que filtró el cuero dejando a Smolov ante Courtois. El ruso no dudó, y en dos toques exquisitos -control orientado y chut- adelantaba a los de Óscar García en el Bernabeu. El sueño cobraba forma.

Quedaba un mundo por delante, aunque hasta el descanso no lo pareció. El Celta defendía con lucidez las embestidas blancas, con un recuperado Hazard a la cabeza. El belga es talento puro, desborde y velocidad. Pero los vigueses no se amedrentaron y alcanzaron el túnel de vestuarios sin haber recibido ni un sólo tiro entre los tres palos. Y a punto del 0-2 en un cabezazo magnífico de Aidoo que sacó lo mejor de los más de dos metros de Courtois.

En la reanudación todo cambió. El Madrid de las remontados toco a rebato y empezó a hostigar al Celta, que se mantenía en pie como podía. Hasta que no pudo más y las piernas flaquearon. Kroos firmó el empate tras pase de Marcelo, y a los cinco minutos un penalti infantil de Rubén daba ventaja a los de Zidane.

En la plácida noche madrileña, ya todo el mundo se relamía esperando el 3-1. No llegó. Lo que el destino ofreció a cambio fue una obra maestra. Un monumento al fútbol de tal envergadura que en vez de sonar «goooooooooolll» tuvo la capacidad de silenciar 85.000 gargantas. El Celta, perseverante y competitivo, sale del descenso. Cuando ya nadie lo esperaba. O tal vez sí. Porque como decía Shakespeare, «estamos hechos de la misma materia que los sueños».

3 COMENTARIOS

  1. Magnífica descripción de un partido, visto desde otro ángulo y con un estilo diferente.
    ¡Buen trabajo!

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