Getafe y Celta empatan a ceros en un duelo sin demasiada historia, con mucha intensidad y bastantes más tarjetas (12) que remates a puerta (8)

Los de Óscar García suman 270 minutos sin encajar un gol y cinco partidos sin perder, y siguen un punto por encima del descenso tras la victoria del Mallorca en Eibar

«La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber». La frase, del genial escritor uruguayo Eduardo Galeano, resume la evolución de un deporte que se ha hecho negocio al ritmo que transitaba el 2-3-5 al 5-4-1. Ya pocos son los que juegan por el placer de jugar, los que afrontan cada regate sin esperar nada a cambio. En el Coliseum Alfonso Pérez de Getafe sólo había uno de estos futbolistas, Rafinha Alcántara, y se fue a la hora de juego por algún tipo de molestia que impedirá dormir a más de uno: a los celtistas, sí, pero también a los que todavía creen que hay algo de bello en este deporte.

Suyos fueron los únicos regates de la noche. Un imperdonable descarado al que el destino terminó por castigar. Lo demás fue pura industria. Un ejercicio de músculo y táctica. La tecnocracia hecha deporte en la que imperan la fuerza y la velocidad, y en la que rige el sentido asbolutamente colectivo de esta bendita locura que debería ser el fútbol.

Y así es muy difícil. Tan difícil que 90 minutos que deberían servir para soñar, se convierten en sueño material, en bostezos y ganas de almohada. Tan difícil que las faltas se suceden y los choques se acumulan, hasta el punto de sumar más tarjetas (12) que remates a puerta (8). Seis de ellos del Getafe, sí, que lo intentó más, pero tampoco tiró la puerta abajo, porque enfrente tenía un Celta ‘getafizado’.

O tal vez sería más correcto decir que se ha ‘getafizado’. Porque los celestes hace tiempo que han mudado su piel, y que entienden, sienten o comprenden que la salvación pasa por esto: por dejar la puerta a cero, por ser intensos, estar juntos y morir en cada batalla. Y eso es exactamente lo que hicieron esta noche; como hace siete días en Granada; o como hacía otros siete en Balaídos contra el Leganés.

Y al final, las cuentas salen: 270 minutos sin recibir un gol, cinco partidos sin perder, y un punto por encima del descenso tras la victoria del Mallorca hoy en Ipurua. Y ya se sabe, los resultados mandan. Esa dictadura silenciosa que ahora reina como único mesías y que, pese a todo lo poco que hemos visto, nos permite irnos a cama más felices. Olviden el placer. Eso es de cursis. Bienvenidos a la era del deber. Y el deber, antes de nada, pasa por salvarse.