Éxtasis poético en el descuento donostiarra

Iago celebra el tanto del empate. Foto: LaLiga

El Celta obtiene un punto merecido tras empatar a un tanto en el Reale Arena gracias a un autogol de Le Normand en la última jugada del partido

Dejó escrito Eduardo Galeano que el gol, cualquier gol, suena siempre gooooooooooooool en la garganta del hincha, del locutor radiofónico, del jugador, de sus compañeros. Ese instante en el que la pelota sacude la red repiquetea a grito eterno en la faringe extasiada, necesitada del reclamo del tanto, máxime si es en el descuento, todavía más si resulta merecido, como es el caso, como sucede hoy en el Reale Arena.

Las tiene el Celta en el mediodía caprichoso y soleado de San Sebastián, en ese horario de liturgia pagana en el que la familia demanda la atención que roba el fútbol. Comienza el choque en contra, pernicioso, con un tanto de Oyarzabal en el que Iván Villar olvida, ignora o desconoce la máxima del guardameta: protege siempre el primer palo. Por ahí, en una contra bien llevada, concluye la jugada el mediapunta donostiarra.

Pese a todo, se asientan los de Carvalhal, que van cogiendo poso de fado portugués bien entonado según avanzan las jornadas. Es el de Carlos un equipo intenso, bien plantado, rápido, vertical, entretenido, agradable de ver, incluso diríase que valiente, que se sustenta sobre un clásico 4-4-2. Porque a veces, en esta vida, hay que redescubrir los clásicos, refugiarse en la eterna sabiduría de sus páginas para descifrar al ser humano, para comprender, en este caso, la maravilloso sencillez de este deporte.

Sobre esa base crece el Celta, que cuando no puede robar, repliega, y cuando no puede salir, bombea, oxigenado siempre por la atalaya noruega de dos metros que erige Larsen junto a Iago.

Es precisamente el 18 quien tiene las primeras ocasiones para hacer las tablas. Una, en un cabezazo mal orientado, la otra, en un mano a mano mal resuelto. Tal vez por esto, tal vez porque Seferovic viene fuerte, el punta suizo da el relevo en el segundo tiempo, que comienza como había concluido el primero: con más ocasiones para los de Carvalhal.

Una, de esas que Iago no perdona, acaba con un cabezazo a la madera del de Moaña tras indecisión de Remiro con su defensa. Otra deja solo a Seferovic frente al meta donostiarra, que con la punta del pie logra desviar el lanzamiento. En el medio amenaza la Real, encontrándose, esta vez sí, con Iván Villar bien colocada.

Sigue el Celta, que quiere y merece más. Y demanda su espacio en el relato el de amarillo, tan protagonista como casi todos los de su especie, tan necesitado de pitar, tan pagado de sí mismo, tan insoportable. Un tal Ortiz Arias que desenfunda 8 amarillas en un segundo tiempo de guante blanco entre dos equipos que proponen. Si este pita el Argentina-Países Bajos de Quatar, se queda sólo sobre el césped. En uno de esos rautos deja a los visitantes con diez al expulsar a Renato con segunda amarilla por el inconcebible pecado de protestar de modo leve la primera.

Y pese a todo, las vuelve a tener el Celta: una majestuosa de Iago desde medio campo, que coge adelantado a Remiro y no lo duda: la pelota, juguetona y pendenciera, dibuja la rosca hacia fuera yéndose por el leve suspiro de una vela en una iglesia. Otra, de Óscar, que acaba en córner, que bota el Celta en el descuento para alcanzar el éxtasis; un éxtasis cargado de justicia poética, merecida, buscada y demandada. La pelota, en el rechace, acaba en Iago, que busca la línea de fondo y pega el centro con la diestra. Le Normand se va al suelo y así, de la forma más indigna, acaba el balón, por fin, entre los palos. Da igual, ya lo saben, el tanto suena como debe de rugir: gooooooooooooool. Un punto merecido de un equipo que no deja de crecer.