¿En qué espejo se mira Caballero?

“Ambas imágenes -débil gigante y cómico enano- se mezclan hace tiempo en Caballero, lejos de aquel héroe que clamaba por Vigo y para Vigo, capaz de aunar, en cierta medida, un hasta entonces inexistente sentimiento de ciudad. Hoy el personaje ha devorado a su creador, deformado siempre, enfrentado cada día a sus espejos que le devuelven un Vigo minúsculo, alejado del que tal vez un día él mismo imaginó”

“Los héroes clásicos han venido a pasearse al callejón del gato”. Con estas palabras culmina Valle Inclán en ‘Luces de bohemia’ la base estética de su esperpento. Un instante genial en el que Max Estrella y su inseparable don Latino llegan dando tumbos hasta la pequeña calle Álvarez Gatos, el callejón del gato para el imaginario colectivo. Allí, dos espejos, uno cóncavo y otro convexo, reflejan sus imágenes, pero deformadas, absurdas.  

Hace tiempo que imagino al alcalde de Vigo, Abel Caballero, con ambos espejos en su despacho de Praza do Rey. Allí, ambas lunas distorsionan la realidad hasta producir un esperpento, tal y como le sucede en la novela a los héroes clásicos imaginados por Max Estrella. Si Edipo se mirase en el espejo cóncavo, obtendría un gigante excesivamente delgado, imposible de tomar en serio. Si Antígona se observase en el convexo, daría como resultado una robusta enana, carente de la trágica grandeza con la que clama por el enterramiento de su hermano.

Ambas imágenes -débil gigante y cómica enana- se mezclan hace tiempo en Caballero, lejos de aquel héroe que clamaba por Vigo y para Vigo, capaz de aunar, en cierta medida, un hasta entonces inexistente sentimiento de ciudad. Hoy el personaje ha devorado a su creador, deformado siempre, enfrentado cada día a sus espejos que le devuelven una ciudad minúscula, alejada de la que tal vez un día él mismo imaginó.

Un Vigo con muchas de sus grandes obras paralizadas por su continuo enfrentamiento con la Xunta -la estación intermodal, pendiente de poder emplearse desde el verano; el instituto de Navia, aún sin firma para el acuerdo por esa enfermiza necesidad de oponerse a lo evidente; el acondicionamiento de la ETEA, siempre responsabilidad de aquellos que no están-; y un Vigo en el que incluso los proyectos propios avanzan a ese ritmo de esperpento, el mismo que muestra Balaídos cada día.

La reforma del municipal vigués se anunció en 2014 y debería haber finalizado en 2017. Camino ya del 23 seguimos con dos gradas sin hacer. Eso sí, si el alcalde observa el espejo cóncavo, observará un estadio con futuro, capaz, eso plantea, de albergar partidos de un hipotético mundial en 2030. ¿Estará terminado para entonces? Y si lo hace en el convexo, la obra se achicará, dejando al descubierto las miserias de una grada de Marcador que suma más de tres años desde la aprobación del proyecto, que estuvo parada durante la pandemia, que reactivó su construcción de modo ‘lógico’ con la vuelta del fútbol, y cuyo coste va ya camino de los veinte millones de euros, dos tercios de lo que costaría un nuevo estadio.

Pero los espejos son siempre caprichosos, y nos gusta observarnos en ellos aunque distorsionen la realidad. Lo mismo sucede en Praza do Rei para rechazar una reunión con el presidente de la Xunta por el mero hecho de que éste acudiría acompañado de la delegada autonómica, Marta Fernández-Tapias. ¿Qué observa en el espejo Caballero? ¿A qué teme el alcalde de los 100.000 votos para rechazar un encuentro en el que abordar todos esos proyectos retardados de ciudad?

Temer no teme a nada ni a nadie; es puro formalismo, pura estrategia electoral, la única que rige su gobierno desde hace ya demasiado. La del alcalde deformado en los espejos; la del regidor devorado por su personaje, ese mismo que anuncia las luces de Navidad en la ola de calor del mes de agosto, que acude a su montaje aún con el otoño en sus comienzos, que pasea enfebrecido sobre la cubierta del bus turístico ya en las fiestas, y que deja el percal sin recoger hasta casi llegada ya la primavera.

Todo eso está muy bien; mérito suyo. Pero algún demérito tendrá cuando muchos proyectos no avanzan, se paralizan y se duermen. Aunque los espejos digan lo contrario no deja de resultar un esperpento: el de la tragedia de un Vigo que no avanza.