Celta y Cádiz firman el cero a cero en un partido con el guion previsto: dominado por los del ‘Chacho’, incapaces de generar un juego fluido ni demasiadas ocasiones
Sucedió una tarde cualquiera del mes de abril. Uno de esos días que no recordaremos más allá de la pandemia, del Carranza de gradas vacías y sol racheado sobre el césped, alcanzando aquí allá alguna esquina del terreno a la espera de la caída de la noche. A un lado, el Celta y la pelota; al otro, el Cádiz y el orden, aprendido Cervera de aquel cabreo suyo en Balaídos, cuando los del ‘Chacho’ le habían lavado la cara en poco más de media hora. Al final, empate a nada. Dos bostezos. Cero a cero.
Hoy no. Hoy los de amarillo han aprendido la lección, y como si a un examen de judicatura opositasen, no se descomponen nunca, pacientes y firmes, esperando alguna contra. Hasta seis hombres en línea llegan a formar alguna vez, con otros tres casi incrustados por delante de los centrales, y arriba Negredo, hombre-boya, esperando algún consuelo.
Aunque tampoco hace falta tanto para crearle peligro a este Celta, valiente y con mando, pero con demasiadas dudas en defensa. Basta una arrancada de Sobrino poco más allá de su propia área para generar el caos y el miedo. Recorre 70 metros en línea recta sin que Denis, ni Hugo, ni nadie que pase por allí, piense que valga la pena parar esa aventura. En el último instante, Murillo, llevado por la premura que da el área, mete el hombro, y Villar, por fin, se mantiene de pie despejando la ocasión.
Al rato, otra contra gaditana termina con la pelota cruzada de lado a lado en el área, por donde irrumpe Malbasic golpeando mordida la pelota. Un bote pronto que parece que va a gol, y no lo hace por la punta de los dedos de Villar. Suficiente para que el esférico se quede en el larguero.
El Celta sigue a lo suyo. Y así, poco a poco, con paciencia, van llegando algunos ’uys’. Primero con tiros lejanos de Tapia y de Nolito. Después, la más clara del primer tiempo, en la cabeza de Mallo, que aloja en la red un buen centro del propio extremo andaluz, tras una jugada de engaño colectivo, de esas en las que parece que el balón se duerme a un lado, para terminar después en otro. La punta del ángulo del hombro izquierdo del lateral -o la piel que recubre la clavícula, si lo prefieren-, está, sin embargo, adelantada. El VAR y sus juicios; la tecnología prostituyendo la pureza primitiva de este juego.
El segundo tiempo discurre por rutas ya trazadas. Balón celeste, acelerado en vertical cada vez que Iago le susurra a la pelota. Las contras para el Cádiz, cómodo en su papel de ‘catenaccio’.
En una de esas de Iago, la pelota se acelera y el centro llega a Brais, rápido e instintivo al palo corto, donde la caza a vuela pluma para que Ledesma se obligue al lucimiento.
El ‘Chacho’ agita el árbol y realiza un doble cambio con poco más de veinte minutos por delante. Entran Beltrán y Baeza por Nolito y Ferreyra. Pero todo sigue igual, o incluso peor. El fútbol del equipo se vulgariza, plano, horizontal, sin ningún tipo de sorpresa.
De ahí hasta el final, una clara por equipo. La del Cádiz, a la salida de un córner en un latigazo cruzado por Espino al que no llega Lozano por milímetros. La del Celta, en la cabeza de Mallo a pase de Renato. La parábola del lateral baja superando a Ledesma… parece gol pero se va rozando el palo.
Al final, el partido se apaga, triste, con la misma lentitud con la que el sol se pone sobre el Carranza, dejando tras de sí un reguero de bostezos y un reparto de puntos que certifica salvaciones y aleja sueños. Europa es ya casi una utopía.

