Este macizo ofrece una de las mejores vistas de la ciudad, con las Cíes y la bahía de Baiona dominando una escena de la que el sol se va fugando poco a poco

La carretera de Valladares discurre tranquila, atravesando la parroquia de lado a lado con la misma calma con la que el agua se desliza, sedienta, entre las rocas. Un puñado de líneas blancas que llegan a unirse ante los ojos, en contraste con el gris oscuro del asfalto.

Casi al final, la ruta gira a la derecha y comienza una rápida ascensión, demasiado pronunciada a veces, demasiado vertiginosa a ratos. El sol de la tarde devora las últimas hojas del otoño, que comienza a pintar de ocre la ladera.

Un macizo gris y verde que sube hacia el azul morado, malva oscuro, con el que van tiñéndose las nubes de un cielo despejado en el que, al fondo, sobre la delgada línea que marca el horizonte, comienza a fundirse el sol entre bocados.

A un lado, el Cepudo, al otro el Monte Alba. Los dos, con Vigo naciendo entre los dedos de sus pies, allá abajo, muy abajo, más de 500 metros en línea descendente hacia la Ría, que ahora refleja los últimos retazos del crepúsculo confiriendo toda su pureza a las Cíes, al este, y a Baiona, hacia el Oeste

La Capilla de Nuestra Señora del Alba contempla la vista como siempre: en silencio, acrecentada por esa luz del ocaso que refuerza su tono de piedra granítica, asentada sobre roca natural, antigua vestigio del Castelo del Alba, baluarte sobre el que dominar, antaño, un páramo desierto.

Dos senderos suben hacia ella. Uno, de arena y piedras flanqueadas por arces que mezclan rojos distorsionados de naranja, salpicados de retamos amarillos que dulcifican una escena dominada de otoño hasta la médula. El otro, una escalera, que serpentea alejando Valladares, Vigo, la Ría, la ciudad, el más allá. El sol se pone ya ofreciendo una escena perfecta que se eleva desde el azul del mar hacia el gris clarito que dibuja el contorno de las Cíes, flanqueadas -parece casi al lado- por Toralla. Ahora todo es naranja, malva, rojo y amarillo, con el sol, transparente -semeja una bombilla-, partido en dos mientras que entrega el mirador del Monte Alba al silencio de la noche oprimido por el viento que no cesa.