El Celta cae con estrépito (5-1) en su visita a Mallorca en un partido lleno de despropósitos y paradojas, desde el árbitro y el VAR hasta la intrascendencia defensiva celeste, pasando por el increíble acierto local de cara a puerta
Los bermellones se quedan a cinco puntos de los de Óscar García con cinco jornadas por jugarse
«Es imposible describir el horror en palabras a aquellos que no saben lo que verdaderamente significa. Horror, horror. El horror tiene una cara… y tú debes hacer del horror tu amigo». El coronel Kurtz escupe a golpes estas palabras en uno de los diálogos más descriptivos de Apocalypse Now, la genial película de Coppola que transita entre los estrechos márgenes que separan la lucidez de la locura. Y en ese fino espacio, en esa frontera inasumible, se deshizo hoy el Celta en su visita a Palma. Un partido que podía significar la permanencia virtual y que acabó por convertirse en un infierno inesperado. El horror.
La madre de todos los espantos arrancó en el minuto 7. Y lo hizo a manos de un tal de Burgos Bengoetxea, árbitro español, internacional para más inri. Un piscinazo de Dani García fue sancionado como penalti por el susodicho, amparado en el pinganillo, como todos los de su profesión en este fútbol moderno que hemos inventado. Con una mano en la oreja el trencilla seguía queriendo justificar lo injustificable. Buscaban en la famosa sala VOR un leve contacto, una imagen distorsionada, un halo de vida celeste que entrase en contacto con un átomo de existencia mallorquina, dos gotas de sudor que en algún momento aspirasen a intimar. Y al final, en medio del absurdo, revisión en la pantalla de por medio, de Burgos se dio la razón a sí mismo, qué modesto, y Budimir se cobró el gol. Habían pasado otros 7 minutos desde que se pitase la pena máxima. Más horror.
Encajó el Celta el golpe y siguió desplegando un fútbol ofensivo alegre y, aunque suene increíble a estas horas, razonablemente convincente. La tuvo Bradaric y respondió Reina con un gran parada. La tuvo Murillo, y no sabremos jamás si faltaron más o menos milímetros que los que sobraron en el penalti cobrado inicialmente para que ese balón entrase. La farsa del VAR, por supuesto, echó el telón y dejó que la vida siguiese su curso.
Un caminar tranquilo que condujo hacia otra contra todavía más tranquila del Mallorca. Porque toda la soltura ofensiva del Celta se traducía hoy en vergonzosa ligereza defensiva. Por ahí se coló el ‘Cucho’ entre rebotes y recortes, para definir después con un latigazo seco al palo largo ante la mirada atónita celeste.
Después llegaría la lesión de Denis (ruptura muscular de mala pinta), sustituido por Nolito, y el tercero del Mallorca. Otra contra de trote anodino definida con la misma brillantez. En esta ocasión fue la zurda de Pozo la que guió el balón al palo largo. Al otro palo largo. Qué más da.
Antes del descanso la tuvo Nolito, que buscó el gol olímpico con esa inconsciencia propia de los genios, o de los locos. El balón se estrelló con estrépito en la cruceta. Y la tuvo también Mina, que la reventó aún frustrado, probablemente, por aquel despelote inicial de ese invento llamado VAR.
A la vuelta de vestuarios, Smolov por Okay. Más madera buscando un gol que metiese a los de Vigo en el partido. Llegó en el 51, en otro penalti mal pitado. Fue la pena máxima más clara de la historia si atendemos a la señalada anteriormente. Pero aquellos que han jugado al fútbol, saben que Mina se tiró. La conciencia del tal de Burgos, también. Por eso no dudó en señalarlo. Tampoco lo hizo Iago al transformarlo.
Y sin embargo, un minuto después, Budimir ponía el 4-1 en un pase filtrado a la espalda de Araujo, hoy desdibujado como Murillo. La consistencia del Celta se fue por la gatera. Poco después Salva Sevilla hacía el quinto tras haberse acomodado, peinado y retocado. Eso sí, en otra excelente definición. El tiro golpeó el palo y se alojó en la red.
Y así, en mitad del horror, el Mallorca sumaba cinco goles en seis ocasiones, y el Celta uno, en siete. Ante semejante conmoción, con su dosis justa de esperpento, el equipo comenzó a pensar en batallas menos cruentas aún por disputarse. Hubo minutos hasta para el ‘Toro’ mientras el partido se dormía plácido, para suerte de de Burgos Bengoetxea, que se aferró al horror planteado por el Celta para ocultar su propio horror. El del hombre negándose a sí mismo. Pero esa es otra historia y no es excusa. Habrá que seguir sufriendo.

