El Celta piensa ya en el choque del próximo sábado, a las 21 horas, en los Cármenes, para el que el club ofrece desplazamiento gratuito a los aficionados

La vida, como el fútbol, sigue incansable el curso de la historia. No para nunca. No descansa. Da igual que uno esté sumido en la más profunda depresión, o amanezca con la satisfacción del deber cumplido. Hay que seguir. Y eso es, exactamente, lo que le sucede al Celta. Tras superar con nota el Everest liguero -Valencia, Real Madrid y Sevilla- y tirar de heroica en la final contra el Leganés, los de Óscar García no pueden relajarse. Toca seguir. La vida, el fútbol, así lo exigen.

Y para ello, el celtismo piensa ya en la próxima estación: Granada. Uno de esos equipos que la gente da en llamar revelación: recién ascendido, transita noveno por LaLiga, practicamente salvado y apenas a un puñado de puntos de los puestos europeos; en semifinales de la Copa, y con un partido de vuelta en Los Cármenes el próximo jueves que les puede conducir a lo desconocido: una final de un gran torneo. El 1-0 del nuevo San Mamés lo deja todo abierto.

Y a esa sensación de incertidumbre, a ese peso de una cita con la historia, se agarra el celtismo, confiado, sabedor de que los de Diego Martínez pueden tener la cabeza en otro sitio. Los de Vigo, no: el alma y el corazón de los celestes está en Granada desde las tres de la tarde del sábado pasado, cuando el tal Munuera Montero pitó el final en Balaídos.

El Club es consciente de lo que se juegan, y por ello ha puesto autobuses gratuitos para los aficionados que quieran desplazarse hasta Los Cármenes. 371 entradas cargadas de celtismo: más de 1.000 kilómetros separan Vigo de Granada. 11 horas de autobús. Y muy probablemente se queden cortas. A fin de cuentas, no hay nada más bonito que ser del Celta.