Un remate aislado de Iago Aspas da al Celta una sufrida victoria ante el Leganés

Los vigueses jugaron en inferioridad desde el minuto 20 tras una roja directa a Bradaric

El fútbol moderno tiene estas cosas. Lejos de la locura creativa de Gian Piero Gasperini en Bérgamo (0-7, 7-1, 5-0- 5-1, 2-6 o 4-1), la táctica, el físico y el miedo conducen a muchos choques a dos bostezos, cero a cero, empate a nada. Hacia ahí se encaminaban Celta y Leganés en el mediodía de un sábado cualquiera de febrero –y no por deméritos de los vigueses, héroes en inferioridad numérica desde el minuto 20-, sino porque el Leganés es lo que es y la sombra de Braitwhaite, mal que le pese, sigue siendo alargada.

Poco pasaba en Abanca Balaídos hasta que el VAR volvió a hacer una de las suyas tras una falta del pepinero Óscar: la roja fue amarilla pero la infracción permaneció. Golpeó Olaza de rosca, bajita, al primer palo. Suficiente para Iago, que anticipó y, de donde no había nada, sacó un gol con un remate medio mordido al palo largo. El chispazo de un genio.

Nada había sucedido antes, y nada sucedió después. El verdadero protagonista del choque fue un tal Munuera Montero, del que dentro de unos años no le hablaremos a nuestros hijos, y mucho menos a nuestros nietos. Sí de Iago. Podía haber vestido de amarillo, o de negro. Iba de rojo anaranjado. Qué más da. Y a la primera que pudo, la lió. Roja a Bradaric por una fea entrada en la disputa. Fue fuerte el croata, demasiado tal vez. También fue noble, arriba, a la pelota, no abajo. Era el minuto 20 y era Balaídos. No el Bernabeu, ni el Camp Nou, ni tan siquiera el Metropolitano. Momento para lucirse el tal Munuera. Roja directa que, con esas cosas que tiene el VAR, tardó un par de minutos en confirmarse. Algún día habrá que exigir que los árbitros piten, no deleguen. Ganan unos cuantos miles de euros por soplar un silbato. Que lo hagan.

Hasta ahí apenas se había visto fútbol. Y mucho menos se vio hasta el final. El Celta, tras un susto inicial, se había hecho con el control del medio campo a lomos de Rafinha. El Leganés esperaba pertrechado, todo táctica, todo bostezos. Y en esas andábamos hasta que la roja cambió todo y no cambió nada. Porque los de Óscar delegaron el mando en los de Aguirre, que tampoco es que estén preparados para ello.

En medio de la zozobra general, acrecentada por el sol perezoso de una tarde con olor a primavera, llegó el descanso. Y con esa misma zozobra, arrancó el segundo tiempo. El Celta, mientras tanto, hacía lo que debía: multiplicar esfuerzos y dejarse el alma en cada choque. Pacientes, como el lobo que acecha silencioso entre la niebla, los vigueses esperaban la ocasión. Su ocasión. Alguna habría. Alguno hubo. Una. La cazó Iago y el estadio bramó gol despertando de la siesta en la que se hallaba sumergido.

Víctor Hugo dejó escrito que inspiración y genio son casi la misma cosa. No le faltaba razón. En Iago, ambas se confunden. Besó el escudo con rabia el de Moaña, y eso fue lo único memorable de un mal partido capitalizado por el tal Munuera. Eso, y los tres puntos, que permiten al Celta vivir fuera del descenso una semana más. Próxima estación, Granada. Esperemos que allí los genios no lleven pinganillo.

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