El conjunto celeste se impone al Getafe en el Coliseum con dos goles de Santi Mina y otro de Iago Aspas
Vuelve el horario de a liturgia pagana; retorna el fútbol de lunes a las nueve de la noche, en busca de la audiencia perdida. El estreno de un otoño triste, a caballo entre la pandemia y la anhelada nueva-vieja normalidad. Fútbol, a veces, de gradas semivacías o semillenas, dependiendo de la buena o la mala voluntad de quien observe, como en el caso del Coliseum Alfonso Pérez, donde se cruzan dos urgencias que, como los polos opuestos, se atraen hasta anularse. Hasta que Mina y Iago quieren, hasta el segundo tiempo.
Porque en el primer lance, de una u otra forma, Getafe y Celta se contrarrestan, en la búsqueda legítima de una victoria que no llega y que les permita dejar el miedo atrás. Ese aliento helado que acecha en la nuca, que te hace jugar de otra manera, vivir de otra manera, incluso errar de otra manera.
A fin de cuentas, en eso consiste el primer tiempo: en una suma de errores no forzados. Aquí no hay puntos ganadores porque nadie acierta a embocar en los tres palos. La tiene primero Brais, que sin ángulo encuentra la réplica de Soria en una mano fuerte abajo; y responde Arambarri de cabeza, sólo en el punto de penalti, fácil a las manos de Dituro.
Replica el Celta por banda izquierda, en una buena combinación de Nolito con Galán, que gana línea de fondo y la pone al segundo palo, donde el remate de Mallo se estampa contra la mismísima virilidad de Djené, que pasaba por allí. Y para no ser menos que Galán, o para seguir imitando y anulándose, se interna esta vez Olivera, cuyo pase atrás remata Sandro en un chut que desvía la bota desesperada de Murillo.
Pero la más clara del primer acto se esfuma en los pies de Nolito, tras pase de Mina a la espalda de la zaga. El extremo andaluz controla en carrera, ya solo ante Soria, ya relamiéndose en el gol. Tan fácil, que el tiro muere manso e inocente en las manos del portero.
Sin embargo, todo cambia sin cambiar a la vuelta de vestuarios. Regresan al campo los mismos 22 futbolistas que al inicio, pero ya sólo once buscan de modo decidido la victoria. Es el Celta del ‘Chacho’ que vuelve, como las rebajas, como la primavera, como la normalidad, como la vida misma. Y lo hace en las cabeza de Mina y en las botas de Iago, paso y pase previo por la cabeza y las botas de Brais Méndez.
Es como la cuadratura del círculo, ese sueño húmedo de la presidencia que alimenta un Celta de cantera y afouteza. Suficiente, al menos, para noquear al Getafe, dos puntos de treinta posibles, una eterna agonía susurrante.
La tiene primero Iago en una mala cesión atrás que lo deja solo ante Soria, bonita mano arriba adornada en el despegue. El córner lo peina Brais en el primer palo, y aparece Mina. De manual, y las urgencias del Celta que comienzan a ser menos.
Muchas menos, todavía, cuando Brais se gira sobre mismo y pone un centro tenso y con rosca al corazón del área, donde aparece Iago para reencontrarse con su sombra, con su pasado, su presente y, quien sabe, su futuro más inmediato y cada vez menos longevo. Cero a dos.
Y muchas menos, aún, cuando el VAR entra en acción para condenar al Getafe a un final de partido de galera, de cómitre indignado marcando un ritmo tendencioso con el látigo sobre la espalda desgarrada de los galeotes. Roja directa a Djené, que llega limpio pero dobla el tobillo de Santi en la carrera. Expulsión a cámara lenta, sencillamente fútbol en su esencia.
El ‘Chacho’ decide que el partido ha muerto y comienza el carrusel de cambios pensando en el choque entre semana, porque el jueves, a las siete de la tarde, visita Balaídos la Real. Al poco, uno de los nuevos, Galhardo, la deja perfecta con el taco para Santi, que solo ante Soria define confiado. Cero a tres. El ‘Chacho’ sonríe y el Celta toma aire. Las urgencias, por ahora, se quedan en Getafe. Y que dure.

