Un penalti transformado por Iago Aspas en el minuto 96 permite a los del Chacho imponerse por 4 a 3 al Mallorca en una tarde demencial en la que, una vez más, el ataque mejora por mucho a la defensa
Hay crónicas que se escriben casi solas, con el pulso incontrolado de la demencia que busca resumir un partido inabarcable, incontrolable, desmesurado, en el que la táctica, la técnica, el espectáculo y hasta los goles quedan en un segundo plano, devorados todos y todas por la locura que alimenta la falta de rigor de cada envite. Un sinsentido, como el ofrecido por el Celta y el Mallorca; un descontrol que cabalga a través de una montaña rusa -con perdón- hasta firmar el 4 a 3 en el último minuto del descuento: un penalti ejecutado por Iago con suspense, con la pelotita, siempre caprichosa, colándose por el sobaco de Sergio Rico.
Esto, pese a todo, debería ser el éxtasis, el momento cumbre de la crónica y de un partido demencial, aquel en el que la grada levita y el hormigón, tembloroso, parece despegarse de los pilares atormentados de Balaídos, hastiados, tal vez, después de tantos años de reforma. Pero no. Lo cierto es que no.
El momento cumbre de un choque enajenado lo protagoniza Oritz Arias, el de amarillo, ayudado desde la sala VOR por alguien, qué más da quien, que a cinco minutos del final ve lo que nadie ha visto y alerta de un peligro inasumible. Al parecer, el esférico, golpeado por Muriqui más allá de la inexistente grada de Marcador, ha rozado el dedo de Hugo Mallo. La repetición, a cámara super lentísima, no ofrece ningún cambio de trayectoria del balón, pero sí que muestra el índice del capitán doblarse hacia atrás medio difuminado, punta de lanza estéril de un brazo también medio extendido. La conclusión, sublime, sitúa este penalti surrealista a la cabeza de la enajenación mental de un partido de locura.
Es el 3 a 3, y el Celta se queda con 10 por amarilla a la puntita traicionera del dedo inquisidor del capitán, que una noche más no está fino y ya viene con otra tarjeta acumulada por una entrada atronadora y prescindible apenas diez minutos antes.
Pero no decaen los del ‘Chacho’, sabedores de que en el delirio no encuentran rival digno. Y así, en la última jugada del partido, Denis descarga sobre Brais, que devuelve la pelota al de Salceda, que sigue en la carrera hacia el área, escorándose al flanco izquierdo desde donde saca un centro que golpea en el brazo extendido de Valjent. Ya lo cantó Sabina, el destino es un ‘malnacido’ -hay palabras que no pueden ser escritas ni en la locura de esta crónica-: «Sin decoro. Te da champán y después chinchón».
Iago, como se ha dicho, marca el 4 a 3 definitivo para que la fiel hinchada alcance la barbarie. Antes, pasan muchas cosas, después, ninguna. Tras el saque de centro, Oritz Arias levanta los brazos al cielo, hacia donde vuelan los gritos embravecidos de 15.000 almas que han disfrutado con su equipo.
Porque no sale mal el Celta, dominador y solidario. Un primer tiempo digno que resume las virtudes y carencias de este equipo. Marca Galhardo el primero -sí, han leído bien-, después de aprovechar el rechace que le ofrece el larguero tras un buen golpeo de Cervi. Pero a los tres minutos la defensa estropea lo que arregla la delantera cuando puede. Mallo se duerme en la presión, Jaume Costa le roba la pelota, y su centro lo caza Giovanni González en el segundo palo. Algunos necesitan tanto para marcar y otros tan poco…
No decaen los locales, que siguen empujando hasta que Denis hace el 2 a 1, anulado de salida por algún visionario capaz de ver fuera de juego en la posición de Cervi, metido dentro de la portería en el momento del remate previo del diez celeste. De ahí al final del primer tiempo, la afición redescubre a Sergio Rico, que iba para portero de los buenos hasta que decidió dejarse tentar por los billetes de Quatar. En París llevaba tres años a la sombra de Keylor, y también de Donarumma, antes de decidir volver a sentir el gusanillo de los guantes.
A la vuelta de vestuarios, Aidoo recuerda que el Celta necesita mucho para conseguir un gol, y apenas nada para concederlo. Una falta botada por Kubo al corazón del área celeste golpea en el hombro del central y pone las tablas en el marcador. Pero como el destino es todo lo que ya se ha dicho, el propio Aiddo, diez minutos después, filtra un buen pase a la espalda de la defensa que permite a Cervi ceder atrás y a Iago empalar con la derecha el 3 a 2.
El partido camina ya hacia el final descrito, culmen de una tarde de locura, síntesis perfecta de un equipo que ataca mejor, mucho mejor de lo que defiende; de un Celta que, pese a todo, reina en medio del caos para dormir en medio de la tabla. Lejos, muy lejos del infierno, y algo más cerca de esa cosa que llaman Conference League.

