Los de Coudet caen 3-4 frente al Sevilla después de desperdiciar dos veces su ventaja en sendos errores defensivos
Juega mucho y bien el Celta de Coudet… de medio campo para arriba. Los medias puntas sobrevuelan posiciones alrededor de Iago, genio libre, alma de poeta, mientras que Mina muerde y rasca todo lo que suena a redención. A eso vino a fin de cuentas. Pero ese rock & roll desentona por detrás de Renato, el último mohicano, el hombre que debe mantenerse siempre en pie. Sin embargo, hay veces que la física, terca, se interpone en su destino. No ayudan Aidoo, ni Fontán, ni Iván Villar. Y al final, después de 90 minutos de entrega desbocada, de una fiesta desmedida, de esas que tanto echamos de menos en pandemia, el equipo del ‘Chacho’ acaba pagando las copas, las suyas, las de todos, las de cualquiera que pase por allí, y cae 3 a 4, víctima incomprendida de sus propios errores.
Como el del 0-1, anotado por Kounde, de cabeza, libre de marca a la salida de un córner; solo, como un borracho irredento en el alba que inicia un nuevo día. El remate sale templado, ni frío ni caliente, pero el guante de Iván Villar no logra despejar esa pelota. Minuto siete y a remar.
Y el equipo rema de verdad, como galeotes acuciados por la muerte, bajo la atenta mirada de Coudet. Así llega el penalti del 1-1, provocado por Santi y ejecutado por Iago, quién si no. Y así llega el 2-1 en una contra vibrante definida por el genio de Moaña. Todo en poco más de cinco minutos de reloj.
Pero el látigo de cuero vuelve a golpear la espalda de los galeotes, condenados a morir de tanto ritmo. Y Fernando caza una pelota intrascendente, y avanza hacia el arco de Villar observado por Fontán y por Aidoo, que reculan, temerosos. Un miedo que acaba siendo gol tras el chut del medio centro sevillista, que repele la bota blanda del central de Ghana.
Otra vez a remar, y otra vez la galera coge ritmo, pese a todo. Roba Brais, toca a Denis, este a Iago que, maravilloso, hace la estatua dejando que la bola vuelva a Brais, que controla con la espuela y pica con esa zurda de seda tan bella como, a veces, exasperante. Tres a dos y al vestuario.
Y sin embargo, los galeotes saben que tarde o temprano van a morir. Así es este Celta de Coudet, lastrado por la falta de defensa, más con las bajas de Rubén, Murillo y Araújo. Un Triángulo de las Bermudas aberrante que acaba devorando el tiempo y abriendo la puerta a la derrota.
El empate a tres llega en una jugada en la que Aidoo rompe el fuera de juego antes de rectificar y morder el centro de Acuña, al que acude En-Nesyri, perseguido por Fontán. La pelota queda muerta y Rakitic, solo, en el área pequeña, ejecuta la condena.
Pero habrá más. Siempre hay más. El culmen de todo lo descrito: Aidoo pierde el esférico queriendo jugar donde no debe. El ‘Papu’ la engancha, avanza y la coloca… parece que en la escuadra. Eso desea ver la hinchada. La repetición, caprichosa, muestra la realidad de esa parábola: la pelota entra ajustada… al centro, con el arquero medio doblado esperando un tiro bajo que no fue. Tres a cuatro.
Otra vez suena el chasquido del látigo en la espalda de los galeotes, esta vez ya medio muertos, cansados de remar, abandonados a su suerte y sin defensa. Se aleja el sueño de Europa. Otro año será. O no.

