Distancias de seguridad

No sabría yo con certeza si son acaso más frenéticos los intensos días de campaña electoral o la noche tardía del domingo con los resultados recién salidos del horno en un 99,8888% escrutado, o la resaca del lunes por la mañana, o tal vez las reuniones a puerta cerrada de las ejecutivas de los siguientes días.

No sabría yo con certeza cómo interpretar las proclamas victoriosas de la madrugada electoral, matizadas con las ojeras del lunes, destilando los resultados el martes, tergiversándolos los miércoles, hurgando porcentaje a porcentaje de las mesas oliendo a lo que agarrarse y cantar pírricas victorias en distritos en que hemos dado el sorpresón reduciendo distancias.  

Qué sé yo lo metódico que debe ser esforzarse en extraer ese dato que arroje esa luz que permita sobrevivir cuatro años más. Quizá sea peor para los políticos que no salen en la foto o para los atribulados periodistas, ansiosos por alcanzar la novedad que arroja la información y escribir un titular sugerente, único, sagaz, genial.

Lo que sí sé de primera mano es el curro antológico de los ciudadanos anónimos del bien común obligados a ser presidentes y vocales de las 772 mesas de Vigo. Por no hablar de los suplentes que madrugan y regresan aliviados a casa o los que por desgracia, tendrán que ponerse el mono de servicio público. Debe ser angustiosa la vida al recibir la notificación de tener que presentarse como suplente. La incertidumbre de no planificar el domingo demasiado, no vaya a ser que todo se vaya al garete.

O qué decir de los votantes el lunes a las ocho de la mañana. Escudriñando a sus vecinos de ascensor, cavilando sobre el sentido de su voto, férreo y fiel u ondulante como las olas marinas según soplen los vientos. Esos ciudadanos que encuentran rivales ideológicos en cualquier esquina, ansiosos por desenmascarar a ese familiar que pregonaba un voto rebelde poniendo en peligro la paz del hogar. Quizá por ello, en medio de esa guerra fría entre votantes, el consistorio vigués se afana en teñir de rojo el paseo de Samil y la calle peatonal de Príncipe.

Respetando la distancia social, metafóricamente Vigo se contiene y se suaviza. A pesar de las diferencias políticas explicitadas en tiempos electorales, es bueno no cruzarse en batallas dolorosas, que ante lo que nos viene encima, más vale afrontarlo con esa paz que nos regala la brisa y la arena de Samil.

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