Día 1 del año 1 después de Covid

El lugar que la historia nos reserva

Mi nombre es Javier, pero eso es lo de menos. Podría ser Juan, Pedro, Mateo, Rafael, Aquilino o Sebastián. David, Santiago, José, Gonzalo, Andrés o Alejandro. Qué más da. Porque como yo hay millones de españoles a los que la vida, de repente, les ha pedido más. Mucho más. Estoy casado y tengo cuatro hijos, y desde hace 24 horas aguardo expectante sin saber muy bien qué nos espera; consciente, pese a todo, de que la historia nos reserva un lugar a cada uno. 

Nos toca decidir cuál. Porque Covid ha entrado en nuestras vidas, y parece que va a quedarse un buen ratito. Y eso lo cambia todo. Tenemos por delante días de hogar y de familia, que dicho así suena cojonudo. Pero que sabemos que serán, son, jornadas difíciles, de trabajar rodeado de mocosos adorables, de enfadarse y discutir a cada instante, de volver a reconciliarse, de dar las gracias y pedir perdón una y mil veces. Porque, a fin de cuentas, estar quince días –o los que vengan- confinado, aunque sea con los tuyos, acaba por resultar insoportable. 

Pero tal vez en eso consista ser un héroe. Tal vez, pienso, eso es lo que le podré contar a mis nietos el día de mañana. Que aquella crisis del coronavirus la pasé, como el resto, metido en casa, pensando en que podría ser mejor persona; también peor. Gritando a ratos, cuando ya no aguantas más las peleas y arrebatos infantiles. Pidiendo perdón de vez en cuando. Tratando de no pensar en el mañana, en cómo saldremos de esto, sino en hacer que tus hijos no se rayen.

Porque ellos aún no tienen la culpa de este mundo que nos hemos inventado. Hoy, en este día uno del año 1 después de Covid, la mayor cumplía 8 años. Para poder regalarle –a ella y a los hermanos- unos balones saltarines, de esos con bridas que uno engancha y con los que pueden liberar algo de estrés, hace un par de días hice una excursión relámpago al Dechatlon que hay cerca de casa.

Allí palpé la soledad del miedo, la ausencia que provoca los silencios, el vacío, el sinsentido de no poder socializar cuando somos, en esencia, eso, seres sociales por naturaleza. Los pasillos estaban vacíos, y aquí y allá, salteados, se veían los típicos chalecos azules de los dependientes. Miles de metros cuadrados para mí. Cogí el regalo y volví a casa sobrecogido. Esa noche me tragué la incertidumbre, y sonreí. Y hoy he vuelto a hacer lo mismo mientras que malentonaba –porque a diferencia de mi mujer canto realmente mal- el cumpleaños feliz a mi pequeña que se me ha hecho un pedacito de vida más mayor.

Y pese a todo, ha soplado las velas y lo hemos pasado bien. Muy bien. No sé qué deseo habrá pedido mientras la llama se extinguía, pero sea cual sea estoy dispuesto a luchar para que se haga realidad. Como tú. Como todos. Porque a nuestra manera vamos a volver a demostrar de qué pasta estamos hechos.

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