Diario de un padre de familia confinado: Día 9

Día 9 del año 1 después de Covid

Seguir nadando

Hoy me he roto. Mentalmente y solo un par de horas. Tiempo suficiente para saberme poca cosa; para comprobar la incapacidad de afrontar con entereza un encierro voluntario. Al final, somos frágiles y nos movemos en una frontera etérea, casi imperceptible, que separa el heroísmo de lo débil. Huelga decir que resulta mucho más sencillo descansar en la orilla de la debilidad, aunque ambas franjas apenas se separan un suspiro.

Ese diminuto instante en el que dejamos de creernos invencibles y nos sumirnos en un pozo de ira, de insatisfacción; ese pedacito de tiempo en el que pasamos de ser maestros a tiempo parcial y padres ejemplares, a gritarle a nuestros hijos sin motivo. Porque no nos engañemos, la tensión se acumula y los días pasan para todos.

Es lunes. Segundo lunes de encierro. Y las noticias sobre el virus caen con la misma paciencia y perseverancia con la que se desliza la arena de un reloj. Una mezcla de eternidad y rapidez que provoca uno de esos hormigueos que descienden de la barriga hacia los pies. Algo así como la tensión indefinida. Tienes que seguir trabajando, y no quieres. Google Classroom exige nuevas clases bajo la mirada complaciente de tus hijos, y tampoco quieres. Sólo deseas dejar esa casa… y para eso faltan al menos otros dos lunes más.   

23 de marzo, 12 de abril. Las dos fechas se clavan en mi mente… Y comienzo a dibujar rayitas, como el preso escarba en la pared los días que le faltan para alcanzar la libertad. Jamás me volveré a meter con ninguno. Lo prometo. Por muy rico que haya sido antes de acabar viendo el sol entre unas rejas. Por mucho régimen privilegiado que disfrute. Da igual. Le han privado de la libertad. Otra de esas cosas que dábamos por supuestas y que no valoramos hasta ahora.

Cae la noche, y me vengo arriba, porque como un buen amigo me dijo en una ocasión, lo mejor de los días malos es que sólo duran 24 horas. Gracias a ello, estoy a punto de vencer al mío. Me acostaré y mañana sonará la alarma. Y entonces, en ese momento, bracearé con todas mis fuerzas para alcanzar la orilla de los héroes. Y volveré a fracasar, lo anticipo, consciente de que lo único importante es seguir intentándolo. Seguir nadando. Porque si no nadas, te hundes.

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