Diario de un padre de familia confinado: Día 70

Día 70 del año 1 después de Covid 

Hasta luego Lucas 

Creo que ha llegado la hora de decir adiós. O tal vez sea un hasta luego. Algo más desenfadado, capaz de romper cualquier tipo de solemnidad inexistente. Como aquel de Carlos Moyá en su primera final de Gran Slam, en Australia, todavía un adolescente que despachó la tristeza del momento con un inolvidable: ‘Hasta luego Lucas’. Un instante de lucidez, un homenaje a Chiquito, que le acompañó hasta el final de su carrera, donde volvió a romper el hielo a martillazos con otro memorable ‘Hasta luego Lucas’. 

Así de fáciles y complicadas resultan las despedidas. Esta viene marcada por el tedio, como un amor adolescente ya marchito. El tiempo que dura en florecer un castaño en primavera. De un esqueleto desnudado por la humedad del otoño, y perpetuado por el frío del invierno, a un cuerpo frondoso, verde, en el que los pájaros anidan al mediodía, descubriendo la sombra de sus hojas mientras que se mecen sin querer entre sus ramas.   

Tan rápida se pasa la vida ante los ojos. Son suspiros, momentos y bostezos, segundos, soplos y retazos que componen una estampa siempre, en cualquier caso, maravillosa. Créanme. Sólo hay que saber ordenar cada una de las piezas. A veces cuesta, y más en la época de Covid. Pero como nos enseñó Steve Jobs en aquel discurso en la Universidad de Stanford, “no puedes conectar los puntos hacia adelante, sólo puedes hacerlo hacia atrás. Así que tenéis que confiar en que los puntos se conectarán alguna vez en el futuro. Tienes que confiar en algo, tu instinto, el destino, la vida, el karma, lo que sea”.  

Confíen. No dejen de hacerlo. Saldremos de esta porque siempre lo hemos hecho. Y si no, pregúntenle a sus padres, a sus abuelos, a sus bisabuelos si es que viven. Y les hablarán de guerras mundiales, frías y civiles; les mostrarán un tiempo en blanco y negro en el que hambre era aún más negra que la estampa; les relatarán crisis económicas que entonces suponían simplemente la falta de todo lo que ahora ya tenemos; les recordarán la caída del muro de Berlín, la explosión de la central de Chernóbil, o, si lo prefieren más cercano, conversarán sobre bombas que volaban edificios y tiros que se pegaban por la espalda, a sangre fría, sin tener ni siquiera la decencia de mirar a la víctima a los ojos. Tan valientes resultaban los cobardes; tan grandes sus ideales.  

Y de todo eso salimos, y lo volveremos a hacer. No duden. Siento una gran tristeza en las últimas líneas del relato. Mis hijos me esperan para que continúe con la lectura de Un caballero en Moscú. Les gusta escuchar la voz de su padre mientras que el sueño se los lleva hacia otra dimensión más agradable. Puede que les dé seguridad, confianza, cercanía o lo que quieran. Pero lo cierto es que lo piden. Una y otra vez. Y algunos días, después de 30 ó 40 minutos de lectura, cuando cesa esa voz que trata de ser pausada y agradable, alguno de ellos aún exclama: ‘¿Ya papá? Ha sido muy cortito’.  

Como este diario. Lo confieso. Igual que hoy reconozco que el día 51 entré en un bucle. Hasta el punto, tan maniático yo, de repetir la jornada por dos veces. He subsanado el error y hoy no hacemos el día 69 confinados, sino el 70. Tiempo suficiente para rozar la fase dos, que en el fondo sabemos que es la tres, puesto que la cero era la uno. Una cifra redonda, en cualquier caso, para decir adiós con alegría. O, en caso de tristeza, para exclamar rápidamente y sin dudar: ‘Hasta luego Lucas’. Ha sido un verdadero placer.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí