Día 7 del año 1 después de Covid

La hora de las videollamadas

Tenía que pasar. Tarde o temprano era algo inevitable. Después de una semana de confinamiento, mi mujer ha abierto la puerta virtual al exterior y se ha puesto a quemar gigas y palabras. La verdad, es curioso esto del ser humano; me refiero a esa frenética necesidad de socializar le pese a quien le pese y caiga quien caiga. Porque muchas veces cae el castillo entero. Pero da igual. Socializamos en el caos: entre gritos de niños, mensajes de whatsapp, teles encendidas, pianos que luchan contra el tedio, guitarras que matan la melancolía, o hasta vecinos que parecen estar haciendo exactamente lo mismo; una terrible videollamada que, a fin de cuentas, nos permite ponerle cara a quien queremos. 

Sobrinos, abuelos, padres, tíos, amigos… todos han desfilado por el móvil, con mejor o peor mirada, con mayor o menor alegría, en estados de ánimo diversos. Pero ahí estaban. Tan lejos y tan cerca. Llamadas caóticas, en las que las frases se ahogan entre ellas –tanto tenemos que contar tras una semana de aislamiento-, pero que a fin de cuentas nos permiten vencer a la morriña; a esa necesidad indescifrable del contacto, que crece poco a poco, que se apodera del alma y del cerebro, y que, como una droga, anhela suspirar por los demás. Besos y abrazos para todos, coño. Ese sería un buen resumen. 

En fin. Habrá que esperar. Por ahora llevamos una semana y no se avecina aún el final feliz. Esto empieza a ser como esas pésimas películas de acción en las que el guionista tiene la poca decencia de tomárselo demasiado en serio y, en mitad del caos y de la destrucción –único y gran motivo por el que nos hemos sentado delante de la tele- nos quieren colar una monserga. Un mensaje moralizador e instructivo. No, mire usted. Sólo quiero acción y que pase cuanto antes. No me venda motos, por favor. 

Y en esas andamos, en la venta de motos mientras los números aumentan y la dichosa curva del virus sigue sin tener pinta de vencerse. Pero llegará un día en que lo hará. No desesperen. Mientras tanto, disfruten de los suyos: en persona, si pueden; y si no, siempre tienen a mano una videollamada. La puerta digital a ese caos que anhelamos con locura.