Diario de un padre de familia confinado: Día 66

Día 66 del año 1 después de Covid

La siesta

Una de las reglas que San Benito dejó escritas en su orden concedía a los monjes “reposo y tranquilidad en la hora sexta”. Aquella que se inicia a las doce, cuando el sol repunta en lo más alto, y muere hacia las tres, cuando en teoría, sólo en teoría, el calor comienza su retiro. En ese largo o breve lapso, los religiosos se tumbaban para retomar energías y afrontar con vigor el resto de la jornada. Como suele ser habitual, el hábito hizo el resto y terminó convirtiéndose en costumbre. Y el pueblo, siempre sabio, bautizó y adoptó la ‘siesta’.

Bendita siesta. Llevó varios días comiendo antes con los niños. Al filo de la una y media. Al acabar, en medio del fragor de la hora ‘sexta, el calor de estas semanas y una lectura fingidamente melodiosa surgen como el caldo perfecto para una buena siesta. Dos horas de una extraña calma que me permiten avanzar. Medio angustiado, pensando en quién será el primero de los cuatro en romper el extraño letargo de la tarde. Pero avance a fin de cuentas.

A veces es Elenita, con un llanto fingido e impostor desde su cuna, de esos que carecen de cualquier tipo de lágrima al carecer también de sufrimiento. Otras es Pedrito, repugnante al dejar atrás esa hora ‘sexta’. Otras, Andrés o Macarena, más mayores, más maduros, capaces de bucear en una serie infantil o en algún libro.

Queda ya menos para la fase 1. Y mientras que los días se suceden, la siesta se ha presentado como un antídoto perfecto. Aquel que te concede un poco de paz antes de volver a los quehaceres cotidianos. Le he reservado un sitio diario ya en mi agenda.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí