Diario de un padre de familia confinado: Día 65

Día 65 del año 1 después de Covid

Algo bueno traen los nuevos tiempos

Las horas se suceden con una maníaca monotonía desde hace semanas. Despertador a las siete y cuarto. Desayunos. Ducha. Inicio de las clases de los niños. Trabajo. Pausa para el recreo. Continuación de clases. Más trabajo. Comida. Siesta o película. Otra vez trabajo. Paréntesis. Trabajo. Baños. Cena. Acostada. Noche. Desconexión. Y otra vez el rítmico despertador de las siete y cuarto que activa el círculo vicioso.

Alguna excursión a la calle con el rostro robado por una mascarilla. Pero pocas. Los niños no se pueden quedar solos. Y así avanzan las semanas. Ahora, apretadas por el sol, que comprime los minutos y el espíritu. La ciudad se muestra perezosa. Los días se alargan camino de San Juan, y a las diez de la noche aún se está despidiendo la jornada.

Noto cómo mis hijos ya flaquean. Lo de las clases online es muy bonito, pero en otras edades y con otras condiciones. Si no estás encima, el ser humano tiende a la dispersión, por decirlo de una manera más bonita que hablar directamente de vagancia. No los culpo. 65 días de clases a distancia son demasiados hasta para mí. Pero no hay prisa. En septiembre ya se verá, apunta la ministra, añadiendo soluciones paranoicas. La mitad a clase, la otra a casa. Y uno se arma de paciencia porque hace no mucho le decían que los hijos no eran propiedad de los padres. Ahora los disfruto en exclusiva.

Aquella era la época pre-Covid y aún teníamos tiempo para debatir de estupideces. En poco más de dos meses un terremoto arrollador ha puesto el mundo patas arriba. Y ya a nadie le preocupan los pines ni el lugar en el que yacen los cadáveres. Aunque sean de un dictador, igualado con el resto ante la muerte. Algo bueno tenían que traer los nuevos tiempos.