Diario de un padre de familia confinado: Día 59

Día 59 del año 1 después de Covid 

No son horas  

No son horas. Ha sido un día intenso y las palabras se atascan, como con el bote de ketchup tontorrón. Visitas familiares, viejas rutinas, nuevos hábitos, horarios descuadrados… Y en medio de todo el caos, los niños. Hoy Andrés ha debutado en Google Meet. Una reunión de clase bien avenida, gobernada por don Joseba con la misma naturalidad con la que uno se echaba una caña antes del Covid.  

Macarena aún está estudiando las tablas porque mañana tiene examen. ‘7×8… Cincuenta y…’. Duda y se silencia; la antesala del fracaso. ‘¿…tres?’. Negativo. ‘¿…seis?’. Bien. Seguimos. Aunque tampoco son ya horas para esto.  

Los dos enanos, rendidos a la intensidad de la jornada, duermen derrotados, como si la vida no hubiese dejado ni un suspiro en el devenir de cada instante. Demasiadas emociones y más máscaras. 

Sin noticias del dichoso virus. Ahora resulta que nadie ha estado en contacto con él. Bueno. Ya me entienden. Un 5%. Si descontamos Madrid, Cataluña y Tomelloso –ese lugar de la Mancha…-, el índice es ridículo. Va a ser mejor no salir a la calle en todo el año.  

El reloj marca las 10 y las palabras se siguen trabando, fundidas en el propio esfuerzo de vivir, en el quehacer diario y cotidiano.  Es mejor no insistir. A veces, la cascada se seca y deja tras de ella la roca pulida por el tiempo. Húmeda al principio, más tarde recia, suave siempre. Y en ella, si uno se sabe detener, también hay belleza. A fin de cuentas, no son horas.  

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