Diario de un padre de familia confinado: Día 58

Día 58 del año 1 después de Covid 

Extraños reencuentros  

Hoy tocaba. Lo contrario sería imperdonable. El día ha dado una tregua y se han iniciado las visitas. Cuñados a los que llevaba casi dos meses sin ver más allá de la dichosa multipantalla con su Zoom. He de confesar que ha sido como una mezcla de alegría, obviedad y decepción. El proceso completo que comprende la ausencia de aquellos que añoramos; la asunción de que tardaremos en verlos; el lento caminar hacia ese instante; y el devenir de las jornadas en las que vas enterrando esa añoranza en la pereza de vivir aletargado.  

Pero al final todo llega. Aun con cortapisas. Sin abrazos y con distancias, que es algo así como robarnos un pedacito muy hondo del alma. Otro se lo lleva la dichosa mascarilla, que acaba saltando con el tiempo. Entonces, algo cuadra. El rostro completo: los ojos, antes velados a través de un fondo indescifrable, ahora limpios; la boca en su magnífico esplendor; los hoyuelos que coronan la sonrisa; la nariz… qué importante es la nariz en cualquier rostro.  

Más tarde hemos salido en coche con los niños. Su primer viaje en dos meses. ‘¡Papá, echaba de menos el asiento!’. Un trozo de piel negra, encurtida, agradable al tacto como mucho. Suficiente para abrir la puerta a la añoranza. ‘¡Apá, aballo!’. Sí, también ellos han entrado en fase 1. Al menos en el rural de Vigo.  ‘Papá, ¿podemos cenar fuera?’. No te pases hijo, aunque llegaremos. 

Tal vez en la fase 2 o intermedia, la que sigue a la primera y precede a la siguiente…. ¡Qué más da! Por ahora me conformo con esos reencuentros mutilados, privados de la parte corporal, sin brazos, sin manos y sin labios. Extraños, sí. Pero reencuentros pese a todo.