Diario de un padre de familia confinado: Día 57

Día 57 del año 1 después de Covid 

La fase 1 

El 7 de septiembre de 1940, a la hora en que los españoles dormimos la siesta y los británicos disfrutan de la no menos productiva costumbre de su té, al sur de la campiña inglesa, extrañamente clara y soleada aquella tarde, el cielo se oscureció. Unas manchas más blancas aún que aquella luz volaban decididas, dejando tras de sí un ruido raro, como de cascada agitada por el viento.  

Poco después, aquellas mismas manchas, sin perder un ápice de su blancura, bombardeaban Londres, tiñendo muelles, calles y ciudad de un negro más oscuro que el hollín: el de la falta de esperanza. Aquel sábado negro fue el punto de partida. Durante 57 noches consecutivas, hasta que el 7 de noviembre el mal tiempo lo impidió, los bombarderos nazis repitieron la macabra operación con la misma diligencia con la que lo suelen hacer todo los germanos. Mientras, Churchill repetía por radio a sus paisanos que pasase lo que pasase Inglaterra no se rendiría nunca. Y no lo hizo. 

¿Y por qué me viene todo esto a la cabeza? Porque después también de 57 días, los vigueses, igual que muchos otros españoles, hemos entrado en la fase 1. Aquella que nos permite disfrutar de una caña o reencontrarnos con la familia, que hemos extrañado hasta el extremo de haber perdido casi la ilusión en el reencuentro. Pero debemos contextualizar: no hemos estado sometidos a un fuego visible, pero sí a un virus que nos ha devastado hasta el punto de robarnos un pedacito de nuestra humanidad: la del tacto. Empleando ese lenguaje épico presidencial que tanto detesto, un enemigo invisible al que venceremos… si cumplimos con las normas. O al menos si tiramos de sentido común. 

Hecha esta reflexión en voz alta –perdonen la injerencia- la jornada ha transcurrido, en mi caso, con la misma anodina y extraordinaria normalidad que las 57 precedentes: clases, aderezadas con una buena dosis de teletrabajo. El caos organizado. Un poco más cerca de la ‘nueva normalidad’ cuando en el fondo lo único que deseo es la ‘normal normalidad’, la alegría de lo ordinario, el paseo gratuito y libre de multas, el abrazo hasta con las farolas, el viaje para ir a trabajar, la perfecta simplicidad de nuestro mundo. Y mientras tanto, seguiremos escalando fases. Pero con sentidiño, por favor.   

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