Día 55 del año 1 después de Covid
Los sueños
La lluvia se precipita en una cadencia perezosa, desacompasada, como si escapase de las nubes a la hora de la siesta, entre bostezos. La jornada 55 transcurre en un gris clarito, casi blanco, a las puertas de la fase 1. No tengo claro qué se podrá hacer a partir del lunes, pero seguro que algo más que lo que hemos realizado hasta la fecha. Aunque algunos seguiremos encerrados entre clases y trabajo, el cambio de fase, cualquier cambio, dará sensación de movimiento.
El presidente ha vuelto a salir. A esa hora, los que tenemos niños pequeños estamos sentados a la mesa disfrutando de relatos maravillosos. Anécdotas infantiles, discusiones entre hermanos o sueños de una noche ya sufrida. Como Andrés, que en ese trance que discurre entre la pared de la madrugada y la del amanecer, se vio envuelto en una casa rodeada de fantasmas. Tal vez, quién sabe. Lo cierto es que a las cinco de la mañana me lo encontré entre dormido y tembloroso, viendo dibujos más amables para tratar de huir de aquellas sombras.
Lo conduje a cama entre promesas de una tranquilidad irrechazable, mientras escuchaba el llanto enajenado de Elenita. Me acerqué a su cuna y la vi sentada, llorando en sueños, quien sabe si ahuyentando también aquellos espíritus de Andrés. Le puse el chupete, la arropé, y le ofrecí el tacto amable de su paño. El roce con la tela rugoso pareció devolverla a una realidad más cotidiana. Cesó el lloró, bebió agua, y pudo continuar con su descanso.
Yo lo intenté, pero ya estaba desvelado. Confieso que antes, cuando me pasaban estas cosas, me refugiaba en un escenario imaginario en el que se escondía el último gol, la jugada decisiva, la ocasión que pudo ser o que realmente pareció, aquel trance que cambió el curso del partido… Pero hace ya más de dos meses que he perdido ese refugio. Ríanse, pero el fútbol te da y te quita todas esas cosas.
Más tarde, en el desayuno, leía una entrevista sobre el retorno de la Liga que se viene. Con tele, pero sin público y sin alma. Comentaba el personaje que cada estadio tendría una recreación virtual del propio sonido que emitía en sus partidos. Olvidaba, olvida, que el fútbol es del hincha, no del telespectador. Que es aquel, y no este, el que en una liturgia enfebrecida acude al estadio cada día, esperando, siempre, un holocausto digno, a la altura de tanta devoción.
Pero un poco ese es el mundo que estamos construyendo. Imaginamos que con tanta tecnología y tanto empirismo virtual enriquecido podremos superar la ausencia de contacto. Aunque en el fondo, hasta los fantasmas en los sueños resultan más reales.

