Día 54 del año 1 después de Covid
El paso del tiempo
¿Qué es verdaderamente el tiempo? No pretendo resolver un enigma sobre el que el mundo lleva una eternidad divagando. Desde su origen, supongo. Pero digamos que hoy he visto claro que el tiempo es descubrir que tu hija mayor mide ya más de metro y medio; que apunta en el labio superior una sombra que anticipa el final de la inocencia; que desde la atalaya de sus 8 añitos es capaz de coger entre los brazos a la pequeña y subirla por las escaleras sin temor a perder el equilibrio.
El tiempo es también comprobar que Andrés se hace la raya sin problema, después del broncazo que me gané antes del confinamiento por cortarle el pelo en plan ejército. La bronca no fue suya, ya me entienden. O que suma más rápido que yo cuando todavía no ha cumplido siete años.
El tiempo es ver los ojos de Pedrito y llegar a descubrir que tal vez no los mueve al mismo tiempo. Una duda acrecentada entre las cuatro paredes diarias del confinamiento: el amanecer, la tarde, la noche y la madrugada. O descubrir que, a escondidas, y con un enorme disimulo en los detalles, ha comenzado a comerse las uñas entre horas.
El tiempo son los rizos de Elenita, desmelenados y salteados por su frente. Y también sus ojos marrón verdoso gris anaranjado, indescifrables, que en la pared de la mañana semejan casi azules, y en la de la noche, cerrando el círculo del confinado, se presentan castaño oscuro casi negro.
El tiempo son las arrugas de la cara; la creciente ausencia de cabello; la grasa que se acumula en el estómago; la piel curtida de las manos, agrietada ya en los codos. El tiempo es cada instante. El tiempo, a fin de cuentas, soy yo, después de 54 días confinado.

