Diario de un padre de familia confinado: Día 53

Día 53 del año 1 después de Covid 

A propósito de Alex Zülle  

«A fuerza de esperar se acaba por no espera nada”. La frase resulta demasiado digna para ser propiedad de este diario. La dejó escrita para siempre Albert Camus en La Peste, esa novela apoteósica en la que la vida, el amor, y precisamente la esperanza, surgen una y otra vez como hilo conductor, agonizantes todos al paso de la peste. Y aunque salvando las distancias, en esas andamos, o ando, esperando ya sin esperar nada de la espera. 

Hoy me confieso derrotado tras 53 días de encierro obligatorio. Todo comenzó por la mañana. Una idea fugaz, de esas que surgen en medio de un bostezo o un mal café: ¿Cuándo llegará ‘mi’ desescalada? Y perdonen el egoísmo en la pregunta, pero al final uno lo que quiere saber es sólo eso: cuando podrá abrazar esa dichosa ‘nueva normalidad’ o lo que sea. Y en mi caso toda apunta al mes de junio.  

Hasta entonces seguiré sólo -de ocho a seis- con la maratón de clases virtuales, de teletrabajo, de hijos, de familia. Sin tiempo tan siquiera, así de paradójica es la vida, para salir a pasear. Al menos de lunes a viernes. Y ese ritmo me está matando: me siento un poco como Alex Zülle, aquel ciclista suizo con una exagerada cara de niño, que tuvo la grandeza de asumir que, con Indurain, no le quedaba más remedio que ponerse a rueda… hasta reventar.   

Pues en esas ando yo, a rueda de la vida. Haciendo la goma mientras que las rampas se elevan. Y lo peor que puedes hacer en ese momento es levantar la vista y observar toda la crudeza de lo que queda por delante. Es mejor fijar los ojos en la rueda delantera, viendo su deslizante sufrimiento, apretar con rabia el manillar, y seguir pedaleando. Hasta reventar, claro.  

Pero aún tengo pulmón y tengo piernas, ojo. Hoy hasta me he animado a poner a Pedrito con la tablet a realizar todo tipo de ejercicios. Luego, entre una noticia y una crónica, he enlazado la clase de Andrés de Natural Science mientras que le recordaba a Macarena que la suya comenzaba en Google Meet en 10 minutos. Más tarde, comida, trabajo, escritura, juegos, café, otro café, algo de subsistencia… Y de repente, un WhatsApp de mi mujer: “¿Sabes si tenemos Google Meet? Es para conectarme luego a un cumpleaños”. La rampa se empina y se retuerce, pero evitas levantar la vista. Observas la rueda delantera. Sólo eso. Tengo pulmón y tengo piernas.