Día 52 del año 1 después de Covid
Corte de pelo
Habla refugiada en una máscara de quirófano color azul que elimina cualquier expresividad, salvo el confuso brillo de los ojos transmutado también por una pantalla protectora. Se llama Paula, y la conozco desde hace años. Es una de las chicas que trabaja en la peluquería de mi cuñado, donde me cortan el pelo cada vez que tengo un hueco para ello. Hoy, por ejemplo. Pero la conversación resulta indescifrable.
Porque una mascarilla es como un embozo que desvirtúa nuestro rostro volviéndolo del todo incomprensible. La tela azul devora los labios y los dientes, y nos impide cualquier tipo de certeza: desde la sonrisa simple y casi defensiva que empleamos por defecto, hasta la tirantez que se escapa de la piel ante una pregunta medio incómoda. De repente, todos somos un poco Rambo, con un belfo fijo, inamovible, que nos aleja de la posibilidad de ser humanos.
Una extraña sensación que se refuerza con la atmósfera que rodea al corte de pelo. La ciudad agoniza derrotada, envuelta entre parches de sombras escupidos por el sol. El silencio pesa tanto que puede llegar a escucharse, retumbando de modo macabro a vacío y soledad. Como las calles, como los parques, como la inmensa mayoría de las aceras a la hora en que los niños ceden su espacio a los adultos. No hay sitio para todos en la gran metrópoli dormida.
Emprendo pensativo el camino de regreso. Añoro el zumbido de los cláxones; el petardeo del motor de un coche de macarra adolescente; el llanto cansino y perezoso de un crío malcriado, que exige chocolate de merienda; el taconeo histérico de la gente precipitándose a sus casas; el roce en cada esquina, en cada plaza, en cada maldito callejón; el olor a colonia barata en la cola del súper… Añoro Vigo; lo que fue y lo que no es. Y me invade el miedo porque aún estoy por descubrir lo que será.

