Diario de un padre de familia confinado: Día 47

Día 47 del año 1 después de Covid 

El precio de la felicidad: pizza y peli familiar 

La lluvia cae de modo frenético, como si tuviese vida propia y arreciase su voluntad de poner punto final a la jornada. El cielo continúa gris pálido, a medio camino entre este mundo y el que viene, dudando si aclararse o teñirse de negro por completo. Al fondo, la ciudad se estructura en cubos amorfos que se elevan, que se estrujan, se someten y se amoldan; coronados todos ellos por un rectángulo blanco. La futura Ciudad de la Justicia.  

El futuro. El futuro y la pandemia. Dos palabras irreconciliables en la que vivimos sumidos desde hace casi ya medio centenar de días. Este ha sido frenético, sembrado por decenas de tareas. Tantas, que he logrado hacer que los niños funcionen casi solos. Para algo son nativos digitales. Y la semana que viene, pese al cielo plomizo que amenaza con caerse, se vislumbra aún más liberación: las clases de Google Meet ganan terreno paso a paso entre las huestes de segundo de Primaria. Insisto, nativos digitales. Denle ustedes un móvil y disfruten. Si a este paso hasta voy a acabar ocioso… 

Mañana, 1 de mayo. Festivo. Compruebo con asombro que algunos querían salir a manifestarse pese a todo. Que si en coche, que si de uno a uno. Parece que no hemos aprendido nada. El Tribunal Constitucional pone un poco de orden: entre el derecho a la vida y el derecho de reunión prevalece… ¿A que no se imaginan cuál? 

En fin, que la vida resulta mucho más interesante que todo esto. Mis hijos esperan para la peli familiar, que del viernes ha pasado al jueves, al ser hoy víspera de festivo. Pizza y peli familiar. No necesitan más para tocar la felicidad con su mirada. Así de simple puede llegar a ser la vida. Aunque, bien pensado, ¿acaso hace falta mucho más? No se me ocurre. Me esperan Zipi y Zape y la isla del capitán.