Día 45 del año 1 después de Covid
Simplemente, gracias
Jamás olvidaré el fútbol de barra de mi infancia. Enfermo ya de ese deporte –este un mal que no te abandona nunca-, disfrutaba en compañía de mi padre del partido del domingo en aquella tele de pago recién estrenada: Canal Plus. Durante el día, me acompañaba el estribillo de una canción tan bien parida que un cuarto de siglo después sigue retumbando en mi memoria: “Me gusta el fútbol, los domingos por la tarde es la mayor / de mis aficiones. Me gusta el fútbol, con los gritos y los goles / se desatan las pasiones”. Por las tardes, en alguno de esos bares noventeros, atestados de humo de tabaco y pisadas marcadas en serrín, consumía nervioso cualquier refresco entre los gritos de la turbamulta y la voz, tan simple como sabia, del bueno de Michael Robinson.
Aquel inglés, tan británico que hasta sentías cariño hacia esas islas, creció conmigo, hasta ser casi un compañero más. Hoy nos ha dejado para siempre, y aunque no lo conozco más allá del plasma de una tele, sirva este diario como reconocimiento a la sencillez de una vida fascinante. Porque, más allá de esos comentarios tan básicos como acertados, ‘El Día Después’, primero, y los ‘Informe Robinson’, más tarde, son un pedacito de historia del periodismo deportivo de este país, tan bien elaborados, que duele sólo de pensarlo. Una muestra de que Michael Robinson era mucho más que ese inglés simplote y mal acentuado que comentó partidos de fútbol hasta el último día de su vida.
El Liverpool – Atlético supuso el punto final de un relato memorable. El del ‘9’ campeón de Europa con los Reds que vuelve a casa ya mayor –aunque demasiado joven para morir, si es que alguna vez se es viejo para ello-, para narrar con su voz acentuada, y tal vez por eso casi eterna, un partido que cierra su círculo vital. De leyenda en el campo a leyenda periodística. Leyenda al cuadrado. Mito para siempre.
Quién nos lo iba a decir… Cuentan que al día siguiente empeoró del melanoma. Ese que, pese a todo, combatió con la misma sencillez y flema con la que la contaba sus historias: “El cáncer puede que me mate una vez; pero lo que no va a hacer es matarme todos los días”. Y el fútbol, siempre sabio, echó el telón: tocaba anticipar el luto. Aquel día, como en miles de partidos durante casi tres décadas, Robinson me acompañó al otro lado de la tele, tratando de hacer explicable la maravillosa irracionalidad de este deporte.
A la postre, estoy seguro de que ese 11 de marzo y ese choque no serán recordados por el resultado, sino porque, quién carajo lo iba a saber entonces, fue el duelo de partida de un maestro de comunicadores que, honrando a Kapuscinski, demostró con su vida que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”.
En plena cuarentena como estamos, no es que ni el fútbol ni el periodismo vayan a despedirlo como Dios manda, sino que ni los suyos podrán darle un último adiós en condiciones. Aunque sea un triste consuelo, y aunque no te conozco de nada pese a que has crecido conmigo sin saberlo, gracias Michael. Descansa en paz.

