Diario de un padre de familia confinado: Día 40

Día 40 del año 1 después de Covid 

Quadraginta 

Hoy es día de celebración. En un rato, cuando me esconda en el silencio del hogar, alejado del caótico devenir de los pequeños, igual hasta me animo a descubrir una botella de buen vino. Cuarenta días. Quién nos lo iba a decir. Hemos pulverizado el origen histórico del término: aquella peste negra demoníaca que devoraba a hombres y mujeres entre bubones mal paridos. Quaranta giorni en una Venecia aún medieval; palabras, a su vez, robadas del latín, quadraginta: ‘cuatro veces diez’. 

Ahí es nada. Y sin que pese más el alarmismo que los datos; con perdón. En mi caso, lo que ha pesado hoy es esa voluntad de celebrar. Tal vez por ello, en la comida, sin atisbar motivo lógico de ningún tipo, me he puesto a hablarle a los niños del Mundial, de aquel año en el que fuimos los mejores. Y tal vez también por ello se han adentrado en el relato sin reparos, cargados de preguntas y de emociones por las que, por supuesto, hemos transitado juntos.  

Allí estábamos perdiendo ante Suiza con un gol estrambótico que descerrajó el tiro de gracia de las críticas. “Nadie, hijos, había ganado nunca un Mundial después de haber palmado el primer día. Hasta que llegamos nosotros, claro”. Pasamos de puntillas por Johannesburgo en la segunda jornada contra Honduras. Ya volveríamos más tarde. Y sufrimos como el reo antes del veredicto del jurado en una tarde de junio contra Chile.  

La siguiente estación nos condujo hasta Ciudad del Cabo, donde aguardaban Cristiano y Portugal. “¿Cristiano, papá?” “Sí, hijo sí. Pero nosotros teníamos a Villa”. Su gol tiró la puerta abajo: destino Paraguay. “Los cuartos, chicos, los cuartos. Siempre caíamos ahí”. “¿Por qué, papá?” “Porque éramos España”. Pero ese día fuimos Iker, y otra vez Villa, e hicimos las maletas hasta Durban, una ciudad costera que ninguno conocíamos, y donde nos esperaba Alemania. “Y cómo gritamos aquel gol. Fue a la salida de un córner. Puyol se levantó como una bestia y reventó la pelota de cabeza”. “¿Y no se hizo daño, papá?” “Imposible; era como tarzán”.  

Y así cerramos el círculo y volvimos a Johannesburgo. “Un holandés muy bruto le clavó los tacos en el pecho”. “¿Y siguió jugando, papá?” “Faltaría más; Xabi era vasco, duro de roer”. “Y a cuatro minutos del final la enganchó Navas, corriendo como pollo sin cabeza. Medio la perdió. La pelota le cayó a Iniesta, que de tacón dio sentido de nuevo a la jugada. De ahí a Torres. Un centro mal medido aunque bien intencionado. Fábregas cazó el rechace y filtró el pase, otra vez a Iniesta, que volvía a dar sentido a la jugada. Y goooooooooooooooool. Os juró que nunca más volveré a gritar un gol así”. ¿Podemos verlo, papá?” “Por supuesto”.  

No tenía sentido, pero daba igual. Terminamos nuestra pequeña comida familiar enganchados de nuevo al gol de Andrés. Gritando los cinco como locos. Ellos, supongo, por jugar; yo por falta de cualquier tipo de pudor ante ese tanto. Pero, a fin de cuentas, celebramos. Algo, lo que fuese. La quadraginta, supongo. Y como cuarenta días confinados sólo se cumplen una vez –Dios mediante- les invito a hacer lo mismo. A celebrar. A fin de cuentas, la vida puede ser maravillosa. Incluso confinados.