Día 39 del año 1 después de Covid
La apatía
Puede que se lo escuchase a un coach de esos motivacionales que se han puesto tan de moda. Toda gran empresa que se precie ficha a uno para cualquiera de sus convenciones. O tal vez sucediese sin querer en el tedio de una tarde olvidada de verano, en la que uno se apresta a devorar el mundo en charlas TED. O lo leería en cualquier libro estilo Paulo Cohello, aunque hace tiempo que no consumo de estas cosas. Confinado es un momento tan oportuno como cualquier otro para confesar que llegué a pedirle a mis amigos que no me regalasen más novelas del buen hombre. Pero qué más da; no nos desviemos. La frase. Es la frase la que quería rescatar. Y dice algo así como que lo contrario al amor no es el odio, es la apatía.
Y en esas andamos. Apáticos de confinamiento. O, dicho de otro modo, odiados por las cuatro paredes de acogida, tan nuestras ya que resultan mucho más que nuestro hogar. Son nuestra vida. La misma existencia a cada instante.
La apatía, claro está, representa siempre un gran problema. Pero lo cierto es que camina ya por el pasillo en zapatillas, y está a punto de ponerse un pijama uniformado. Si lo logra, habré perdido la batalla. Por suerte, quién me lo iba a decir, quedan los niños. Es escucharlos, y la apatía camina perezosa hacia la puerta de salida, arrastrando los pies como un brochazo de pintura. Entonces gritan, se persiguen, se multiplican, se enajenan, hasta se insultan; y escuchas el portazo de la puerta. Adiós, apatía, vuelva usted mañana.
Pones orden bajo pena de castigo. Fin del recreo. Seguimos con las clases. Cada vez más difíciles, por cierto. Hay que salvar el curso a toda costa. Y a mí, fíjense, ya hasta me motiva. Si han de llamarme héroe, por lo menos que me pille trabajando. Imprimes las tareas de Pedro, previa adecuación del archivo para que lo reconozca la impresora; mientras tanto, conectas a Macarena en Google Meet, al tiempo que le explicas cómo se enciende y se apaga el micrófono para no distorsionar el buen funcionamiento de la clase –punto para el emigrante digital-; sacas fotografías a los problemas de matemáticas que acaba de terminar Andrés, para adjuntar, enviar y finalizar tarea. Una menos en una lista que no cesa.
Y así, sin quererlo, has hecho el día 39. ¿Quién dijo nada de apatía?
