Diario de un padre de familia confinado: Día 38

Día 38 del año 1 después de Covid 

Esos adorables mocosos  

Los niños son geniales. Se lo dice un padre de familia numerosa que carga en la mochila con cuatro adorables mocosos. Con ellos he aprendido, por ejemplo, y sin irme más allá de las últimas 24 horas, que soy un emigrante digital: un hombre cargado de ilusión, que llega a la tierra prometida de las nuevas tecnologías, de las redes, de la inmediatez informativa… y que descubre que ya está colonizada.  

Entiéndanme: película después de comer. “A ver. ¿Dónde buscamos? Amazon, Netflix… ¿Qué queréis ver?”. Andrés, 6 años y el mando en la mano por montera, me mira extrañado al tiempo que acerca la cabeza del cursor a la boca y dice, alto y nítido: “Spy Kids 3”. Palidezco. En la pantalla se dibujan tres opciones: Disponible ya en Netflix / Adquirir por 2,99€ en Google Play / Ver tráiler en YouTube.  

Pero también me enseñan cosas más humanas, menos tecnológicas, alejadas del mundo de los ‘bots’. O no. Por ejemplo, y para que vuelvan a entenderme: Macarena, 8 años. Hoy ha recibido el regalo de Pascua de la madrina -la pulsera Mi Band 4- entre saltos indescriptibles de alegría. Enseguida se la ha puesto y ha empezado a caminar contando pasos. Después de comer, todos ellos tan insoportables como adorables, los he mandado a cobrarse una merecida siesta. Han caído rápido, menos ella: “Papá, ¿me puedo levantar? Es que no puedo dormir de la emoción…”. ¿Se puede ser más adorable? Todavía sí: acepto su renuncia mientras que coge un libro y lo devora caminando en el salón. Hay que seguir sumando pasos, claro. Más de 10.000 lleva a estas horas. Y ojo, que estamos confinados.  

Imagínense a partir del 27. Una locura. Claro. Y más después de la nueva rectificación que nos va a dejar, incluso, dar una vuelta a la manzana. Porque lo otro, con respeto, era un mal chiste. ¿Al súper? Sí, claro, para controlar a mis hijos mientras que me sitúo a dos metros de distancia de cualquier ser humano distinguible, evito salivar o transpirar, ajusto bien los guantes, y agito la nariz que no me rasco porque una mascarilla de quirófano me cubre medio rostro… ¿Al banco? Desconozco si permanecen físicamente abiertos. El consejo, en cualquier caso, es no ir. Pero más allá de eso, la última vez que me acerqué a un banco dejé a los niños con mis suegros. Tenía que hablar de algunas cosas serias, ya me entienden. 

En fin, es tarde ya. Podría seguir divagando entre anécdotas y opiniones personales. Pero prefiero volver al increíble mundo de mis hijos. Los oigo al fondo, todavía despiertos, anhelando expectantes el cuento de su padre. “¿Papá, no nos lees?”. Buenas noches.