Día 37 del año 1 después de Covid
20 de abril del 94: 26 años y un suspiro
Pocas cosas de mi infancia recuerdo con tanta nitidez como aquel 20 de abril del 94. Un niño en la frontera invisible de la adolescencia: apenas 12 años. A esa edad no dudas; sientes. Sabes que vas a ganar. Cañizares, Gudelj, Otero, Engonga, Vicente, Patxi, Ratkovic, Alejo… Sí, también Alejo.
Enfermo del fútbol desde antes de que pueda recordarlo –de jugarlo, de verlo, de sentirlo, de vivirlo-, ese era el día. Sólo faltaba ganar aquel partido. Levantar la Copa y traerla para Vigo. Sufrí la final de rodillas, delante de una pequeña tele que había en la salita, a la que me mi madre, generosa, me había dejado replegarme.
Lo sigo viendo todo como si fuese ayer. O eso me parece. Me niego a revisar esos recuerdos desde la atalaya del presente. Allí sufrí más de dos horas, devorando uñas y esperando, con la enajenación propia de la infancia, el gol que tenía que caer. Sí o sí. La tuvo Salva y me dio igual. Llegaría. Y a una mala, en los penaltis, teníamos a Cañizares, que no era cualquier cosa, sino el portero de moda. El hombre que venía de sustituir a Zubizarreta en aquella noche agónica de Sevilla, camino de Estados Unidos, estación previa al Madrid, capaz de devorar a cualquier mito. También a este.
Cañete rozó dos y lo siguiente fue el aciago dolor de la derrota. Algo completamente inexplicable. Al día siguiente había colegio. Jueves 21 de abril. Eso también lo recuerdo. Y me veo caminando por la calle, ausente, enajenado, buscando el sonido de la alarma capaz de despertarme de ese sueño. Una angustia creciente, que no tenía fin porque también carecía de principio. Había surgido de repente poco antes de las doce de la noche.
Han pasado 26 años en un suspiro. Y la vida me ha enseñado muchas cosas. Por ejemplo, que aquella fue solo mi primera decepción como celtista. Porque ser del Celta, créanme, es algo así como aprender a saborear cada fracaso, cada derrota, cada golpe, sin dejarse llevar por el desánimo, convencido de que algún día romperás de un abrazo a un buen amigo mientras gritas el gol que vale un título, afónico ya de celebrarlo.
Mientras que llega ese instante, me preguntarán qué tiene que ver todo esto con el diario de un padre confinado. Poco, lo confieso. Pero es mejor entregarse a los recuerdos que vivir el presente en cuarentena. Y el Celta y aquel 20 de abril me han abierto el paréntesis de un día. Gracias, chicos. Y aunque nunca pensé que lo diría, gracias, Alejo.

