Día 36 del año 1 después de Covid
El folio en blanco
Juro que no sé qué escribir. El espacio en blanco del folio se presenta hoy como un pozo de vacío; uno de esos a los a que te asomas temeroso sin vislumbrar el fondo. Dejas caer una piedra, y esperas… Nada. Te gustaría estrujar la maldita página y tirarla a ese abismo inabarcable. Sigues sin saber qué contar, porque este ha sido como todos los domingos confinado.
Amanezco con los niños, a eso de las ocho y cuarto de la mañana. Ayer se acostaron reventados, y eso nos ha permitido superar la barrera psicológica de las siete. Recojo la cocina, aún atropellada por los platos y potas de la víspera. La culpa la tuvo Objetivo Washington… tan agotador resulta salvar el mundo. Después desayunamos en familia. Leo la prensa y me deprimo. De vez en cuando haría falta algún dato económico trucado, alguna noticia positiva, más allá de la encomiable labor de los sanitarios o de que nos hayan convertido en los héroes más cutres de la historia: aquellos que salvan el mundo en el sofá.
Más tarde, a la una, misa online con los del Doira. Después, comida familiar y siesta involuntaria: la prosa de Camus me arrulló. Y al despertar, un clásico: brigada de orden en la única habitación por explorar. Ha quedado mallada. El problema es que falta casi un mes de cuarentena y hemos agotado las batallas.
Y aquí termino, como siempre, delante del folio en blanco, que comienza a estar manchado por un puñado de líneas negras que me recuerdan que mañana está por escribir. De nosotros depende, de nadie más. Y no es un bulo. Lo prometo. Prueben a reenviarlo a más de uno.

