Diario de un padre de familia confinado: Día 33

Día 33 del año 1 después de Covid 

La mirada inocente de los niños  

“Papa, ¿cuándo termina el confinamiento?” El día amanece perezoso, con las nubes que se comen la mañana entre bostezos de color azul oscuro, casi negro. Apenas las siete y media, y unos ojitos azules, entre demasiado dulces y demasiado adormecidos, te examinan desde abajo, desde la altura aproximada de los cuatro años. Ocultan allá al fondo, en el insondable pozo que abarca la pupila, un brillo cargado de esperanza. El silencio duele, y la tardanza en la reacción multiplica este pesar. ¿Pero qué demonios le vas a responder? Eres gallego, y añades otra cuestión a la consulta. Un tiro hacia adelante, una patada a seguir, una jodida huida hacia ningún lugar.  

“Pronto, hijo. No queda casi nada. ¿Pero qué vas a querer hacer luego cuando lo estamos pasando tan bien?”. Y aquí ya no hay silencios ni dudas que oculten las certezas: “Muchas cosas, papá. Podemos ir al parque de atracciones, y al zoo a ver a los animales, y a casas de los primos…”. Trato de silenciarlo con otra pregunta, más difícil a esa edad: “¿Y al cole? ¿No quieres ir al cole?”. “Sí, al cole también, papá. Echo de menos a mis amigos”. Tocado y hundido.    

Fuera rompe a llover, a diluviar, y la tristeza del día es ya infinita mientras que la rutina mañanera se desplaza a través del chorro del café: rrrrrrrrrrrr. Cambias de tema y sigues vivo. No queda otra. Haces el desayuno con más cariño. No queda otra. Y te esmeras más que nunca en cada clase. No queda otra.   

Lo que sí que queda es esa mirada inocente en la memoria. La mirada del gato con botas, el de Shrek. Una mirada capaz de devastarte en un mal día. Por suerte, cualquier jornada puede traer buenas noticias. Incluso en tiempos de Covid. Una amiga que te dice que su madre ha superado el virus; o, dicho de otro modo, que ha huido de morir en soledad. Otro amigo que te asalta a golpe de whatsapp para contarte que su mujer está de nuevo embarazada.  

Fuera sigue lloviendo sin piedad, en uno de esos chaparrones tan intensos que dan frío solo de escucharlos. Y sin embargo el día ha cambiado para bien. Porque ya tienes respuesta a esa mirada inocente que te mata. La réplica que otorga la esperanza; la suerte de vivir aun confinados.