Día 32 del año 1 después de Covid
Más de un mes
He petado. O si quieren palabras más bonitas, me he roto mentalmente; o la vida me ha ganado la batalla. Ha sido todo como un mal sueño. La rebeldía de los niños, el caos danzando a sus anchas por la casa, la lluvia cayendo sin perdón, recordando en cada gota la tristeza eterna de estos días.
Son casi las nueve de la noche y la sensación es de vacío. Un hondo abandono que busca devorarlo todo. Podría decirse que es normal. 32 días con sus noches encerrados. Los mensajes se suceden: continúan las palabras huecas, perfectamente hilvanadas, pero vacías de contenido. La épica, el heroísmo, la unidad, la nación. El relato lo sabemos de memoria, pero nos encontramos ávidos de hechos. Al menos yo.
Hoy esperaba un gesto. Sin embargo, el discurso de la ministra de Educación cayó como un gigantesco golpe de humedad, que se adhiere primero a la ropa, luego a la piel, más tarde a los huesos, y te tumba. El curso terminará en junio –cuando más o menos volverán los niños a la escuela-, y habrá aprobado general. No lo dijo así; nunca lo dicen así. Envidio su perfecta selección de las palabras. Me sucede un poco como le pasaba a García con Valdano: “Saber no sé si sabe, pero hablar habla como nadie”.
A mí ya me parece todo bien. Sumo más de un mes apañándome solito, con mi mujer currando de obra y obra y yo teletrabajando desde casa; impartiendo clases a tres mocosos, y casi atando a la pequeña, entregada a ratos a la tele y a las quejas; cerrando el ordenador cuando la luna ya ha ganado la batalla y la noche se extiende sobre una ciudad devorada de silencios.
Pero juro no volver a callarme cuando alguna de estas mentes privilegiadas nos vuelva a hablar de conciliar. Un verbo desafortunado, por cierto: sería más apropiado hablar de corresponsabilidad. Aunque ahora la responsabilidad es única: de los padres y madres abnegados, confinados, heroicos –ellos sí-, que sobreviven cada jornada entre mil frentes. Quien lo vivió, lo sabe. Y el que no, habla.

