Diario de un padre de familia confinado: Día 29

Día 29 del año 1 después de Covid 

Obras son amores y no buenas razones   

Las nubes caen a bocanadas azul grisáceo sobre el horizonte, en donde resiste una franja rosa anarajanda. Es como una línea de esperanza; un espacio que se niega a ser tomado por la lluvia. Podría ser una metáfora: ese lugar del pasado que nos resistimos a perder, aun conscientes de que ya nada va a volver a ser igual.  

Porque hoy me tienen que perdonar, pero he reventado. Estoy harto de escuchar al presidente a la hora del almuerzo o de la cena hablándonos como un telepredicador de esos de canales golfos; como una pitonisa de uñas pintadas y piel corroída y maquillada, que sonríe mientras atiende una llamada ingenua, mostrando medio diente comido por la barra de labios carmesí; con un lenguaje bélico mal avenido con el que pretende inducirnos a la épica.  

Pues miren, me he cansado. No necesito un relato seductor que apela a la heroica a cada instante. Empiezo a demandar hechos. El refranero popular, al que me niego a calificar de sabio para no caer en el tópico, deja sentencias simples de entender. Una de mis preferidas es aquella de “Obras son amores y no buenas razones”. Una frase ampulosa si desean, con una rima fácil que la hace aún más fácil de aprender. Pero eso es la vida: obras y no frases bonitas.  

Y es que tienen que perdonarme, pero yo sigo con mi libro. Así de egoístas solemos ser los hombres. Y continúo sin saber qué voy a hacer con las clases de mis hijos; con mi teletrabajo, si es que le queda algún futuro; con la asesoría, que mientras liquida el IVA me pide, me suplica, que espere por la renta, porque no dan abasto. Tanto ERTEs ha debido que tramitar… Y para esas pequeñas cosas ordinarias, parece que no hay respuestas. Mientras tanto hablamos de los Pactos de la Moncloa. Ojalá, aunque en aquella foto en blanco y negro, cargada por el peso de la historia, estaban Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga o Calvo Sotelo. Entre otros. Creo que me siguen.  

En fin. Vuelvo a disculparme por dejar aflorar esas pequeñas estupideces que algo tienen que ver con nuestro futuro de verdad, no con el retórico. Hoy es Domingo de Pascua y, pese a todo, conviene celebrarlo. Mis hijos han disfrutado de los roscones y los huevos de chocolate enviados puntualmente por los padrinos, confinamiento de por medio. Ellos sí, los padrinos, admirables y heroicos por no dejar de pensar en los demás. Pese a todo y pese a todos. Feliz Pascua.