Día 20 del año 1 después de Covid 

Sobre limpiar la cocina y las inquietudes aparejadas  

Veinte días y el nerviosismo empieza a palparse. La indefinición absoluta del futuro. Cuándo vamos a volver a la rutina; qué plazos se manejan; de qué vamos a vivir; cómo saldremos adelante. Todas esas preguntas estúpidas y simples que uno esconde en su interior, que sepulta entre tarea y tarea para no amargar a los demás. Pero a veces, ese sepulcro interior al que las hemos confinado se desborda, revientan la lápida y escapan.  

Y sólo hay una forma de acallar tanto problema: más trabajo, más tareas, más ritmo. Una espiral en la que de repente te descubres limpiando la cocina con fruición, como si no hubiese un mañana, girando con fuerza el paño sobre la encimera con una rapidez casi enfermiza, apilando platos y cubiertos, barriendo una y mil veces zonas que acabas de aspirar. ¡Sudando!  

Sí, estás sudando para limpiar una cocina. Aunque en el fondo escapas, esprintas hacia lo desconocido acuciado por la angustia, cada vez más rápido, cada vez más fuerte, cada vez más lejos… Y entonces, sí, resulta normal que estés sudando. 

Pero no te puedes rendir. Reflexionas. Paras y prosigues. Es aquel viejo proverbio tibetano (o chino, o maorí, o lo que quieran; yo siempre escojo tibetano porque suena redondo y casi culto, perdónenme): ‘Si algo tiene solución, por qué te agobias; y si no la tiene, por qué te afliges’. Pues eso, lo que tiene arreglo se endereza. Y lo que no, se ignora. Porque, si nos dejamos vencer por nuestros miedos, ¿qué mérito tendremos? Mejor seguir limpiando la cocina.