Diario de un padre confinado: Día 61

Día 61 del año 1 después de Covid 

Número desconocido 

Se abate el sol tras un cielo extrañamente limpio. Azul dibujado de violeta sobre la línea que marca el horizonte. Aquí y allá, un par de nubes diminutas y todavía más estrechas simulan la silueta de dos islas, completando la bóveda de un modo demasiado perfecto para Vigo. Son los cielos de la época de Covid.  

Acaba la novena semana de confinamiento con un poco más de libertad. Pero es confinamiento, a fin de cuentas. Ya me autoflagelé un día con mi propia ‘desescalada’ individual: esa que ayer se confirmaba que no llegará hasta septiembre, si es que llega. Porque tampoco veo a la ministra con muchas ganas de solucionar la papeleta y abrir las clases. Es más fácil que los niños se queden en casa y saquen del 5 para arriba. Quizás esté más ocupada en colar una nueva ley educativa por la puerta de atrás. Pero qué cosas digo; disculpen la digresión.   

Ha sido un día tonto, de esos en los que vas pero no vas; que arrancas y te calas. Los niños reventados por la reciente emoción del cumple de Andresito, que camina agarrado a su baúl a todos los rincones. Noches alegres… mañanas tristes. Macarena quería tumbarse a las 10 de la mañana. Pedro y Elena no respondían a ningún estímulo coherente. A la una, después de mal parir todas las tareas, les he dado de comer, y media hora después los tenía en cama. La lectura apacible de Un caballero en Moscú ha hecho el resto en apenas dos minutos.  

Antes, a media mañana, suena el móvil. Número desconocido, de esos que, si soy sincero, apenas cojo. Pero a falta de algo mejor que atrapar en ese instante, he deslizado el botón verde. ‘Tío, soy Borja. Este es mi nuevo número; para que lo guardes’. Y de golpe te haces un pedacito de vida más mayor. Otro de tus sobrinos ya tiene móvil. Llamas a Caro. ‘¿Qué edad tiene?’ ‘Catorce’. ‘¿Catorce?’. Imposible pero cierto. El doble que Andresito, y ya ayer hice la suma, de siete en siete. Hemos pasado de las bodas a los bautizos para correr hacia las comuniones con la vista puesta en completar el círculo volviendo al punto de partido: las bodas. Pero no propias. Esas ya nunca volverán.