Derrumbe de edificios en Vigo: ¿Cuál será el siguiente?

Interior del último derrumbe de un edificio en la calle Arenal.

No se puede permitir que la primera ciudad de Galicia ofrezca esta penosa imagen y que la situación empeore con los años; tampoco se puede permitir que el patrimonio de Vigo se deteriore porque sí, porque no se hacen cumplir las leyes y porque quien tiene responsabilidades descuida la gestión

Muchos de los vigueses aún recordarán el trágico derrumbe del edificio Odriozola, en García Barbón, en el mismo lugar ahora ocupado por la Agencia Europea de Pesca. Era el año 1999 y en el suceso falleció una persona. Hace poco tiempo, muchos vigueses revivimos ese trágico día con el derrumbe de un edificio en la calle Areal. La fortuna hizo que el gimnasio sobre el que se desplomó estuviera cerrado. Hubiera sido una tragedia de grandes dimensiones. Lo mismo ocurrió hace unos días con la caída de cascotes de la fachada de La Metalúrgica, en García Barbón. La fortuna hizo que no pasase nadie por allí en ese momento.

Pero no nos engañemos. El edificio de Areal era conocido por todos los vigueses que por allí pasamos. Veíamos su deterioro e intuíamos el final. Sin embargo, los responsables municipales prefirieron obviar la realidad del inmueble aun poniendo vidas en juego por su desinterés y falta de atención. Quizás, simplemente, no quisieron responsabilizarse.

El problema es que el edificio de Areal no es el único que presentaba graves deficiencias estructurales. Si echamos un vistazo rápido al centro de Vigo y a los diferentes barrios de la ciudad, vemos el abandono de muchas propiedades inmobiliarias, y algunos representan un gran peligro para los viandantes. Entre ellos hay importantes inmuebles, como la joya del arqutecto Pacewicz, que acogía el Centro Obrero Católico en Doctor Cadaval y que hoy está vallado. O un edificio entero en la céntrica calle de Príncipe.

No son ejemplos aislados. Muy cerca, en el barrio de Casablanca, los vecinos se quejan del abandono de las ruinosas edificaciones en las calles Brasil o Vázquez Varela. No menos graves, otros en las calles Tomás A. Alonso, Ramón Nieto, San Roque, Puerto Rico, u O Progreso.

No son pocos los vecinos de Vigo que sienten vergüenza ajena de ver cómo se deterioran los entornos en los que viven, de comprobar cómo colocan nuevas aceras junto a edificios insalubres, que amenazan con derrumbarse, y en los que no es complejo ver ratas merodeando tanto en sus interiores como, por desgracia, fuera de ellos. Porque es así: en Vigo conviven las jardineras, supuestamente de diseño, con los roedores y las ruinas. Los vigueses también se sienten avergonzados cuando se tarda un año en conseguir una licencia para construir una casa, algo inconcebible en una ciudad del tamaño de Vigo.

Los responsables miran para otro lado fiando a su suerte el hecho de que no ocurra una desgracia. Si ese día llega nos preguntaremos cómo podía estar éste o aquel edificio en esa situación y de quién es la culpa. Pero los derrumbes hay que evitarlos, no arrojarlos a la cara de sus, entre comillas, “causantes”.

No se puede permitir que la primera ciudad de Galicia ofrezca esta penosa imagen y que la situación empeore con los años. Tampoco se puede permitir que el patrimonio de Vigo se deteriore porque sí, porque no se hacen cumplir las leyes y porque quien tiene responsabilidades descuida la gestión. Una ciudad no puede olvidar su pasado. Es más lo tiene que cuidar y preservar. No se trata de evitar el feísmo, no es estética. Es seguridad ciudadana.

En una ciudad acostumbrada a la hipérbole municipal, no podemos comparar la Navidad de Vigo con la de Nueva York sin comparar las ruinas de algunos barrios con las de Atenas. Tenemos la obligación de cuidar la ciudad, de no denostar nuestros orígenes. Pero, sobre todo, el derecho a caminar por nuestras calles sin tener que pensar en si caerán cascotes a la vía por un mal mantenimiento en una fachada o, peor aún, si seremos testigos de un nuevo derrumbe en la ciudad por falta de atención municipal.