Un Atlético ordenado penaliza al Celta en dos buenas contras finalizadas por Correa y se lleva los os tres puntos en la vuelta del fútbol a Balaídos
El sol aprieta en Balaídos en un grada casi post pandémica, que devuelve el futbol a la hinchada en una liturgia dominical que, de tanto echar de menos, llega cargada de expectativas e ilusiones. Los nervios del debut, de querer retomar todo dónde se había quedado allá por el mes de mayo, con el Celta empujado por el Chacho del farolillo rojo al sueño de la vieja Europa.
Sin embargo, enfrente se arma el campeón, tan compacto, tan hecho de sí mismo, tan cholista, tan Atlético, que el calor se transforma en tedio, transitando esa delgada línea que, a más de 30 grados y sin sombra, separa ambos conceptos. Suficiente para aburrir al Celta y a su hinchada, para armar dos contras y llevarse los tres puntos.
Pudieron soñar los vigueses con otros escenarios. Este, sin embargo, era el único realista. El de un Atlético insoportablemente predecible al que, pese a todo, pudo llegar a meter mano. No lo hizo porque Iago, hecho insólito, falló a puerta vacía a diez minutos del final.
Antes, el diez había puesto las tablas en el marcador de penalti, el único lugar en el que Oblak, durante casi toda la tarde agotadora de verano, parecía vulnerable. Antes y después, Ángel Correa o el Atlético en vena, sin filtro, en dos contras regaladas por el Celta y penalizadas sin dudar por el argentino.
En la primera rompió Lemar a la zaga en un zigzag eléctrico y demasiado sencillo antes de ceder al delantero que, sin dudar, la pegó seca a la escuadra derecha ante la atónita mirada de Dituro, debutante y estatua a partes iguales, exculpado por la garrafal ingenuidad de su defensa.
La segunda contra llegó en el 65’, a los cinco minutos del empate de Iago de penalti, y bastaron a penas tres toques tras un balón rifado al cielo azul de esta tarde de agosto abrasadora. Le cayó el cuero a Saúl, que abrió al segundo palo, donde Correa, esta vez seco y raso, volvió a dejar a Dituro tomando el sol con la impotencia.
De ahí hasta el final, lo dicho, la tuvo Iago y se apagó el partido con la misma incandescencia con la que arden todavía las brasas finales de un incendio: con el temor de que algo pueda suceder. Lo que sucedió fue una tangana tras entrada de Mallo a Suárez, con el propio capitán celeste y Mario Hermoso expulsados. Cosas de agosto, cosas de verano, cosas del tedio que rebaja expectativas.

