El Celta empata a unos contra el Getafe tras otra noche en la que el dominio y el juego no acompañan el marcador, salvado sobre la bocina por un cabezazo de Aidoo
Es lunes y son las nueve. La liturgia pagana de Tebas se oculta tras la noche oscura y lluviosa a ratos que deja tras de sí Beatrice. La primera de las muchas borrascas del otoño, cuya estela de viento y agua se huele aún en Balaídos, donde la hinchada acude al ritual de sufrimiento de cada jornada. Un rito macabro que no atiende a horarios ni jornadas, ya sea mediodía, medianoche, tormenta o luzca el sol; domingo, lunes, sábado o jornadas semanales. La agonía siempre está ahí, esperando el primer error estúpido para condenar al Celta. Hoy también.
Da igual que salgan los del Chacho dispuestos a redimir sus penas pucelanas, tan recientes, tan dolorosas. Da igual también la buena voluntad en el empeño, esa que contra un rival encerrado como el Getafe -que forma con línea de cinco atrás y tres centrocampistas para descolgar arriba a Unal y Borja Mayoral- permite generar lo justo, lo previsible, un poquito de nada para superar a la propia nada.
En esa pizca entra un gol anulado a Larsen con apenas una docena de minutos disputados. Iago arranca en fuera de juego antes de ceder para que la empuje a puerta vacía el espigado delantero. Y cabe también un ‘uy’ provocado por un centro raso de Mingueza al que no llega Iago por un pelo.
Lo que no cabe, y sin embargo entra por la puerta de un camello, es un error defensivo, el enésimo error defensivo del Celta, que manda al traste el esfuerzo, la movilidad de la pelota, la adecuada presión adelantada en muchas fases, las tentativas. Todo por el sumidero de un error impropio de Mingueza en la salida, seguido de una falta impropia de Unai en la corrección, coronada por otra barrera impropia, y por una impropia y lenta estirada de Marchesín.
Minuto 41, gol de Unal y a pensar a vestuarios, a buscar la calma del descanso para tratar de comprender, de mejorar, de no dejarse atrapar por las malditas llamas del infierno en el año que conduce al centenario. Así es el Celta, así es su historia, así es el sufrimiento continuo y provocado.
Vuelve el equipo del túnel decidido a que sucedan más cosas, a buscar alguna acción que pueda convertirse en excusa redentora. Llegan entonces minutos dignos, algo precipitados pero dignos, donde la revientan de lejos Gabi Veiga, Iago, Óscar y Beltrán. Aprieta el Celta y mete más madera Coudet, buscando que la leña prenda: entran Paciencia y Carles Pérez por Larsen y Cervi.
Pero nada pasa porque la mayoría son disparos lejanos, con un punto de precipitación, con el ansia del que sabe que le va la vida en ello, o al menos la mitad de la respiración asistida, la que acecha a esas horas de la noche, la que muestra el descenso tan de cerca.
Se defiende el Getafe y Quique redobla la apuesta precavida y da oxígeno a las piernas de su delantera, reventada de correr en campo ajeno. Entran Portu y Jaime Mata por Unal y Borja Mayoral. Coudet aprovecha la pausa para reforzar el medio campo -ingresan Tapia y De la Torre- y para forzar una improvisada defensa de dos, con Galán ya de extremo y Mingueza acompañando al peruano en el anclaje.
Sigue y sigue el Celta, apoyado por la fe inquebrantable de una hinchada capaz de desafiar hasta el maldito horario de liturgia pagana, de empujar hasta el final cuando el cuerpo pide una muerte más rápida y menos dolorosa, de mantener el grito en el aire y la esperanza entre las gradas, de ser celtista a fin de cuentas.
Y tal vez por eso, cuando ya nadie espera nada, surge, improvisado, el gol del empate, que ya llegando al 90 de partido sabe casi a gloria y victoria. Es un balón lateral que cae en las botas de Iago, capaz de poner una rosca preciosa al punto de penalti, donde Aidoo se eleva y revienta la pelota de cabeza.
El central grita gol poseído por la agónica agonía del sufriente. El Chacho pide más y exige sacar ya de inmediato. El VAR no opina lo mismo y tarda un par de minutos en validar el tanto. Entre unos y otros el descuento se evapora en la última morriña de la noche, ese lugar en el que descansan los que sueñan con un futuro mejor, ese lugar ansiado y merecido por la hinchada. Ese lugar que, a día de hoy, está lejísimos. Tan lejos que cuesta imaginarlo.

