De Iago a Diego

Aspas conduce el esférico en presencia de Vallejo. Foto: RC Celta

El Celta se impone 3-1 al Granada con una exhibición de Aspas, capaz de desarbolar a los de Diego Martínez en cada una de las jugadas en las que interviene

A la postre, con la noche ya devorando las gradas huérfanas de un Balaídos demasiado tiempo silenciado por el Covid, podría decirse que fue una especie de homenaje. Del 10 más grande de Vigo y de Galicia al 10 más grande del mundo. De Iago a Diego. Porque tardará tiempo en verse una exhibición igual en este campo, en esta tierra, como la de hoy de Iago Aspas. Don Iago Aspas, habría que decir, capaz de sacar el bisturí con la precisión de un cirujano en todos y cada uno de los balones que tocó.

Lo explica mejor que nadie el ‘Loco’ Bielsa. «Una cosa es la técnica y otra el talento. Meter un balón al espacio vacío, es algo que requiere sólo de buena técnica, algo que tienen muchos jugadores. Pero tener la visión de hacerlo en un partido decisivo, en el momento justo, con la velocidad y el efecto necesarios, precisa de la llama del talento. Hacer esto con la marca encima, y nada de tiempo para pensar es cuestión de elegidos». Por eso Diego era Diego y por eso Iago es Iago. Cada uno a su nivel, qué duda cabe.

Con el mismo once que hace siete días, descorchó el Celta la mejor media hora de fútbol en mucho tiempo. Fue un comienzo de esos que enamoran, como dos miradas que se encuentran en un tórrido verano. Presión alta, rapidez de circulación, movilidad, uno o dos toques. ‘Chachismo’ en estado puro, según dicen. Y en el medio, Iago Aspas que, como el sol, iluminaba toda la escena al tiempo que sus compañeros gravitaban en torno a él.

Fue él quien puso a Mina sólo delante de Rui Silva a los 6 minutos, en una pelota perfecta que acabó picando mal el delantero. Fue él el que le regaló un gol a Nolito cuatro minutos más tarde, echándola a la grada el andaluz. Y fue él, también, el encargado de regalar otro mano a mano a Hugo Mallo, que descerrajo un pelotazo casi al muñeco, pecados de un defensa definiendo.

Y entre pase medido de Iago y pase medido de Iago, Denis perdió un balón y, en cuatro toques, el Granada se adelantó en el marcador. Milla la puso en largo para la carrera de Luis Suárez. Primer toque. Este forcejea con Renato, adelantando la pelota en el sprint. Segundo toque. Final del forcejeo, Tapia cede. Tercer toque. Mano a mano y picadita por encima de Rubén. Cuarto toque. Gol. Jamás menos trabajo supuso tanto rédito.

Pero no se iba a amilanar el Celta. No este Celta que parece haber recordado que al fútbol se juega en movimiento. Y que todo es más fácil con Iago, que al minuto de verse por debajo, se giró, encaró a la defensa granadina y abrió a banda, donde Olaza la puso de primeras al corazón del área. La puntera de Nolito hizo el resto.

De ahí al descanso, la tuvo Brais a asistencia de Iago, como no, obligando a Rui Silva al lucimiento. Y la tuvo el Granada en las botas de Neva y de Molina, este ya en fuera de juego que el VAR hubiese anulado.

El segundo tiempo se espesó, como un chocolate que se deja enfriar demasiado. Una invisible manta de pereza adormeció el duelo, llevándolo al territorio del Granada. Y pese a todo, las volvió a tener el Celta. Tapia, sólo en el área, se empachó de balón tras otro servicio magistral de Iago Aspas. Y Nolito mandó al lateral un pase filtrado, una vez más, por el de siempre.

Y en esas andaba la hinchada, rumiando el fracaso, las oportunidades perdidas, el genio de Iago malgastado, el descenso, el infierno, el Covid, la Segunda y todo aquello que deseen, cuando el diez decidió que aquello aún no estaba terminado. Entró en el área por la derecha, amagó hacia fuera para venirse hacia dentro, y sirvió el pase atrás para Baeza (que había ingresado poco antes). El balón, caprichoso, rozó en la pierna de un defensa y se estampó contra el larguero, paso previo a percutir contra Mina, que pasaba por ahí, ser repelido sin querer por Rui Silva, y volver a las botas de Baeza, que, esta vez sí, lo alojó en el fondo de la red.

Un gol que hacía justicia, penúltimo chispazo de un genio que todavía tenía fuelle para más. Para regalarle el tercero a Beltrán previo regate a Rui Silva. Después, hasta el final, apenas nada: una tangana innecesaria que le costó una roja pueril a Okay. Todo lo demás, lo de antes, lo de siempre, el partido, sus secretos, sus goles, la victoria, se resume en un número, el 10, y en un nombre, Iago Aspas. Sobran las palabras. O tal vez falten. Qué más da.