Conservar los dones marítimos

«La Ría de Vigo cosquillea una ciudad que le cae encima a trompicones, agitada, hasta descansar somnolienta, dejándose mezclar con la naturaleza salvaje. Galicia sabe la belleza que esconde. Vigo lo sabe, y presume de ello con normalidad y sencillez»

El mar refleja la vida: sus cambios de colores sutiles según cómo lo observamos se asemeja a la actitud que manifestamos ante la realidad próxima que nos acompaña. El mar se muestra manso, nervioso, apetecible, peligroso, dulce, bravío. De mil maneras posibles. Aparenta una pose de anodino azul, pero esconde en sus entrañas un mundo indómito, inabarcable, majestuoso, acaronado de infinitos matices de colores.

Es posible vivir lejos del mar, por supuesto. Hasta que descubres, con una pizca de suerte, lo inefable de vislumbrar cada mañana la patena azul. Desde entonces, la ciudad no se entiende ya sin él. Sus ciudadanos, si por vaivenes de la vida deben vivir alejados de él, suspiran perdidos y nostálgicos. Su vida se transforma en desear el regreso a su patria azul.

La Ría de Vigo cosquillea una ciudad que le cae encima a trompicones, agitada, hasta descansar somnolienta, dejándose mezclar con la naturaleza salvaje. Galicia sabe la belleza que esconde. Vigo lo sabe, y presume de ello con normalidad y sencillez.

La gracia no es tener o acumular riquezas naturales, sino conservar con tesón y sentido común los dones recibidos. Curiosidades de la vida, la parábola de los talentos explicada por San Mateo nos enseña la dicotomía entre la obligación de hacer rendir o dilapidar nuestros talentos. Hoy en día, sus enseñanzas nos interpelan y nos retan a actuar en consciencia ante las innumerables situaciones cuotidianas en las que ponemos en juego nuestros talentos personales.

Es visión de estratega eficaz renunciar al aplauso efímero y poseer el temple y la humildad para destinar recursos económicos a largo plazo con la intención de conservar y vitalizar los ecosistemas marinos. Podemos objetar que hay infinitos problemas más reales y mucho más urgentes. Tal vez sea verdad cuando en invierno nos olvidamos del mar. En verano, en cambio, cuando la vida se ilumina y nosotros nos las ingeniamos de mil maneras para apropiarnos de la ubicación ideal en la playa para inmortalizar y mostrar en las redes nuestra idílica vida,  no está tan claro.