Balaídos, segundo peor estadio de Europa

Un ranking realizado por el comparador Money a través de las opiniones de los visitantes en diferentes sitios web sitúa en los puestos de honor de este dudoso pódium al recinto vigués

«El Guggenheim del fútbol europeo»; «por encima de los que albergan la Champions»; «vi una toma aérea del Nou Camp y ya le gustaría ser como el campo del Celta»; «las butacas de Río serán las mismas que tiene el PSG». La lista de frases es amplia y variopinta, configurando, en el imaginario colectivo, una retahíla de afirmaciones del alcalde de Vigo, Abel Caballero, sobre el estadio del Celta, Abanca Balaídos, que, todavía a media reforma de unas obras iniciadas hace casi siete años, espera llegar a ser un poquito de algo de todo eso.

Pero lo cierto es que por ahora, al menos según el comparador británico Money, la realidad dista mucho de la hipérbole. Esta web, especializada en consumo, ha decidido analizar cuáles son los estadios de fútbol mejor y peor valorados por los aficionados que los visitan, usuarios imparciales de gradas y servicios. Para ello, ha recopilado 140 reseñas de estadios de toda Europa ofreciendo un resultado inesperado. Al menos para la Alcaldía de Vigo.

Balaídos aparece como el segundo peor estadio de todo el continente, sólo por detrás del Carlo Castellani de Empoli, un multiusos ubicado en la misma ciudad italiana, que se terminó de construir en 1965 y en el que, sin duda, no se han invertido en los últimos años cerca de 20 millones de euros de dinero público. Pese a ello, el estadio del Émpoli se queda a menos de medio punto del municipal vigués.

Balaídos comparte méritos en este dudoso pódium con el Rey Balduino de Bélgica, y empeora, por poco, al también estadio de LaLiga, el Coliseum Alfonso Pérez en el que juega el Getafe. En el puesto 14 figura La Cerámica, del Villarreal, uno de esos campos de Champios -quizás el más humilde- que no admite comparación con el vigués.

El estudio se ha realizado recabando la media de notas que le otorgan a cada recinto los sitios web GoogleTripadvisor y Football Ground Map. Sobre esta base, la web concede una puntuación máxima de un 5, situándose a la cabeza de los más valorados el recinto del Borussia Dortmund, con una nota de 4,57. El Camp Nou y el Santiago Bernabéu comparten, con un 4,53, la segunda posición.

Una reforma inacabada y tal vez inacabable

«Hogar del equipo de Primera División español Celta de Vigo, Balaídos es uno de los tres estadios con una calificación de 3,37, lo que lo convierte en el segundo estadio peor evaluado en el fútbol europeo. Obtuvo una puntuación de 3,5, 4,2 y 2,4 en los diferentes sitios de revisión», resume, de modo escueto, Money.

Un párrafo que devuelve de golpe al estadio celeste, más allá de grandiosos titulares, a su peculiar realidad. Esa que pasa por una reforma inacabada y tal vez inacabable, anunciada a bombo y platillo en el verano de 2014, que estaría lista a comienzos de 2017, y que, ya estrenado el 2022 observa, incrédula, cómo falta todavía medio estadio por hacerse.

Sin ir más lejos, y como pequeño resumen de esta cura de realismo, hace ahora casi dos años, en febrero de 2020, Caballero anunciaba la aprobación, en Junta de Gobierno local, del proyecto de reforma de la Grada de Marcador por un coste de 16,6 millones, y aseguraba que «no hay ningún retraso». Es la misma grada, sí, que 23 meses después está ahora siendo derribada, en la que no se puso una pala durante el período más duro de la pandemia -ese que impedía la asistencia del público a los estadios-, y cuyos trabajos, o miserias, oculta un cartel gigante de Davila.

Un mal menor en una obra cuyo devenir demuestra un sinfín de costes y fracasos. La propia grada de Marcador pasó, en un año, de costar 13,8 millones a presupuestarse en los mencionados 16,6. Nada se sabe tampoco de la concesión administrativa solicitada por el Club, que usa el propio estadio como arma arrojadiza y recurrente, calificando de «chapuza» unos trabajos con los que nunca estuvo de acuerdo. O tal vez sí, en aquel apretón inicial de manos entre el presidente, Carlos Mouriño, y el alcalde en la mencionada primavera de 2014.

Eran los días de vino y rosas, y todavía no había puñales que lanzarse ni miserias que ocultar. Después vendrían retrasos y sobrecostes; un intento de escenificación de un pacto a tres bandas que ha dado como resultado una Ciudad Deportiva en Mos; y un estallido final, hace ya cuatro años, del propio Mouriño con aquel célebre «Alcalde, no me sometes». Una guerra de titulares contrapuestos, de la chapuza al Guggenheim, que no hacen sino dejar de lado la realidad. Pero esta termina siempre por imponerse. Al menos para Money. Al menos para aquellos observadores imparciales que visitan la ciudad.